lunes, febrero 04, 2008
Seat Belt
sábado, enero 26, 2008
Downshifting / Desacelere

PARTE I: Ganar más para gastar más para vivir peor
Un joven recién egresado de cualquier facultad se enfrasca en la búsqueda de su primer empleo. Dadas las condiciones socioeconómicas que México ofrece, el joven en cuestión le asigna al aspecto económico la más alta prioridad. Algunos otros buscan en verdad realizar una actividad que les satisfaga, o quieren trabajar en una empresa o institución que se rija por valores y fines que ellos han asumido como propios para sus vidas. Pero, afrontémoslo: estos últimos son los que menos existen. La gran mayoría, como ya he establecido, sólo piensa en el estatus que pueden obtener gracias a un buen ingreso.
Nuestro joven consigue finalmente un empleo que le da miles y miles de pesos al mes. Con ese dinero quizá podrían vivir de forma apretada unas tres o cuatro familias pobres. El nuevo profesionista se encierra en las paredes de su oficina más de diez horas al día (o más de doce, o más de catorce). Al cabo de unos meses, acostumbrado ya a la vida que puede regalarse con semejante nivel de ingresos, el flamante profesionista hace una lista mental acerca de los objetos que requiere para poder vivir bien. En dicha lista aparece un automóvil último modelo, el teléfono celular más caro y sofisticado, computadora, el ipod con el mayor número posible de gigas de memoria. Tras hacer algunos cálculos, el profesionista encuentra que su sueldo actual no le alcanza para todo eso. Entonces, será preciso trabajar más para recibir más dinero, o buscar otro trabajo que le asegure un ingreso mucho mayor que el anterior.
La cantidad de trabajo generalmente no importa. El novel profesionista, en la flor de su juventud, en sus años de mayor energía, frescura creativa, salud física y mental, prefiere incluso trabajar los sábados y los domingos. Sacrifica salidas con los amigos y reuniones familiares. Así se asegura la entrada de dinero, el aumento del poder adquisitivo. La vida supeditada al trabajo. Leer libros que lo hagan pensar está totalmente fuera de la cuestión. De igual forma, el cine y la música deben ser lo suficientemente ligeros para no agobiar más la ya de por sí saturada cabeza de éste héroe cotidiano.
El cuerpo cambia conforme pasan los años. Las carnes se ablandan, el vientre crece y los cabellos se caen. Se requieren dosis más altas de nicotina para resistir los desvelos; alimentos ricos en azúcares y grasas para que el ritmo de trabajo no merme la concentración. A los compromisos previamente adquiridos habrá que añadir el matrimonio y la casi inmediata llegada de los niños. Así que es necesario tener una casa más grande, otro automóvil, más muebles y gastos de hospital. La ropita dura poco porque los hijos van creciendo.
Aquél profesionista dejó de ser joven. Ya es un hombre, adulto y conocedor de sus deberes. Se siente realizado, orgulloso. Al menos eso aparenta su traje, su corbata y su –otra vez- nuevo coche. Cree que lo tiene todo, pero quiere más. Las jornadas laborales no se han reducido ni un ápice. La perenne preocupación por el dinero lo lleva a sufrir de gastritis y una que otra arritmia. Hay que ganar más dinero para pagar el club, las toneladas de juguetes para los niños, las semanales compras en todos los almacenes de prestigio que le sea posible. No hay que perderse ni un partido de fútbol, y mucho menos hay que dejar ir la oferta para comprar esa macro pantalla de plasma de setenta mil pesos que se puede pagar a 18 meses sin intereses. Hay que viajar a Paris para tomarle fotos a Eiffel, a Londres para fotografiar los leones de Trafalgar y a Nueva York para salir de las tiendas con un montón de bolsas.
Este hombre ha vivido con la ilusión de una mejor vida, una vida que se compra y nada más. Una vida que se gana trabajando, generando dinero para enriquecer quién sabe a quién; una vida tranquila, digna y afortunada que, sin estar consciente de ello, ha contribuido de manera incontenible al consumismo, al aumento en los niveles de contaminación, al empobrecimiento del capital intelectual humano, al aumento de la brecha entre los ricos y los pobres.
Cabe señalar que este es un buen hombre, que todo lo que ha hecho ha sido siempre con la mejor de las intenciones. Todo lo que hace el ser humano es siempre bajo la creencia de que se hace un favor a si mismo y al resto de la humanidad.
PARTE II: Ganar menos para gastar menos para vivir mejor
Sin darnos cuenta nos vemos envueltos en un marasmo de compromisos ineludibles. Pertenecer al mundo moderno implica sacrificar valioso tiempo, jugosas distracciones. Hay que trabajar duro para pagar las placas y tenencias, servicios, verificación, seguro y gasolina, aditivos, refacciones. Hay que comprar zapatitos y playeras, bolsos, seguritos, listones para el pelo, un nuevo traje de baño para la playa, bronceador y dos maletas.
Además, la sociedad se colude con el merchandising para que en navidad vayamos en tropel a vaciar las tiendas y comprar regalitos tontos que a nadie le sirven pero que a todos ponen de buenas. Todos sin excepción somos víctimas y cómplices.
¿Qué pasaría si decidiéramos, simplemente, trabajar menos? Trabajo menos horas, ergo recibo menos dinero, ergo gasto menos, ergo contribuyo menos al consumismo. ¿Quebrarían los negocios si todo el mundo decidiera no gastar tanto tiempo encerrado en su oficina? No creo. Más bien, los giros cambiarían.
Un joven profesionista que decida trabajar menos, podría ganar –por poner un ejemplo- dos horas diarias de tiempo libre. ¡Lo que se puede hacer con dos horas diarias de tiempo libre! Se puede leer un buen librito en dos horas, o hacer el amor con más calma y pasión, o sacar a los hijos al parque para aprovechar los restos de la luz del sol, o llevar a los viejos a cenar, estudiar otro idioma, retomar las lecciones de piano, escribir, ir al teatro, ¡sentarse a platicar!
¿En qué momento se volvió prioritario un ascenso de puesto, un coche último modelo o una peda en el antro de moda? ¿Cuándo fue que el crecer como persona se mide en pesos y en cantidad de libros de superación personal leídos? ¿Por qué son precisamente éstos últimos los que más leen los jóvenes (y no tan jóvenes) profesionistas? Precisamente porque necesitan de una receta que les haga sentir menos egoístas, algo que justifique el no estar en casa, el no acudir a la vida de los demás, el no pertenecer ni siquiera a ellos mismos. Palmaditas en el hombro y ya.
Todo esto que vengo diciendo, ésta reflexión que a más de uno puede sonarle a rollo post-new age o una jalada de esas, no es algo que solamente se me haya ocurrido a mi. De hecho, la tendencia de trabajar menos para procurar un mejor nivel de vida ha ido tomando fuerza en los últimos años. Por ejemplo, en el 2001 surgió en Francia una iniciativa de ley que proponía reducir las jornadas laborales, a efecto de trabajar 35 horas a la semana en lugar de 40. ¡Reducir una hora diaria! Tras una larga controversia, la propuesta fue aprobada. En España surge la misma idea tiempo después. En el año 2003 se le da un nombre formal a esta tendencia, conocida como “downshifting”, o en español, “desacelere”. Es una respuesta proactiva en contra del vertiginoso avance de la modernidad, dentro del cual parece que si te frenas te puede destrozar como si te hubiera cogido una máquina rompehielos. Es verdad, si trabajas menos, ganas menos, y compras menos cosas, pero en verdad vives mejor. Tienes más tiempo para ti, de mejor calidad. El estrés se reduce y los sueños se multiplican.
Pero ojo, esto no implica el fomento de la pereza. Ésta es igual o peor de dañina. Se trata de que la gente realice actividades que no la hagan sentir que está trabajando, sino haciendo algo que de una u otra forma es productivo. Leer es productivo, jugar con los hijos, escribir un poema. Tontamente nos hemos tragado el cuento de que sólo lo que te reditúa económicamente puede ser catalogado como productivo. Envidiamos tanto a los europeos por su “cultura”, los admiramos por sus vastos conocimientos en música y artes plásticas. ¿Y nosotros qué? ¿A los mexicanos nos salen ronchas si leemos? ¿Hacer lo que nos alimenta el alma nos hace lo mismo que el agua helada a los perros callejeros?
Hay que trabajar para ganar lo necesario para vivir y ahorrar, y punto. Muchos de nuestros “lujos” son hueros, superfluos; sólo alimentan la ilusión de una vida mejor, pero en realidad no contribuyen en nada a la felicidad.
Si gano más dinero, puedo ir al Costco o al Sam’s Club a comprar un paquetote de cuatro kilos de mis galletas favoritas. Si gano menos, iré a la tiendita a comprar nada más un paquetito. Si gano más, me tragaré los cuatro kilos, aumentará el volumen de mi panza, el colesterol de la sangre, gastaré en medicamentos que regulen la presión arterial, consultas con doctores. Si gano menos, me trago el contenido del paquetito y se acabó.
Si tu, apreciable lector, estas interesado en este asunto del desacelere, te invito a que conozcas la página www.slowmovement.com, para que conozcas más al respecto y te enteres de todas las posibilidades que ofrece.
jueves, enero 03, 2008
Quiero ser feliz

Alguna vez le preguntaron a Lennon que si se consideraba una persona feliz, y respondió que sí. La siguiente pregunta que le hicieron fue: ¿Por qué?, y él dijo que no veía televisión, ni leía los periódicos.
Tomando esta anécdota como arranque (no solo de ésta colaboración, sino de todas mis colaboraciones de este nuevo año), le cuento al querido lector, que la última vez que vi televisión fue el 25 de diciembre. Fue una decepción. Normalmente, por las noches, mientras me preparo un sandwich o algo así para aplacar el hambre, prendo la televisión en alguno de los noticiarios que transmiten después de las 10.
Ese día, casi todo el noticiero del vomitivo López Dóriga se fue en noticias acerca de cómo pasa un policía la noche buena dentro de su patrulla. Luego venía la historia de algún desdichado sin familia, de alguna viejilla abandonada, de cómo se vivió en Villahermosa la navidad después de la tragedia.
Le pasé al noticiario de la competencia y básicamente transmitían el mismo género de estupideces. Apagué la televisión y me dije a mi mismo: “¡No manches, sí que estoy informado!”.
El resto de mis días, hasta hoy, se me fue en escuchar discos de manera masiva, desde el último de Radiohead hasta una colección que le volé a mi papá de música de Benny Moré. Me soplé dos disquitos de Sigur Ros, uno de Daft Punk, y como tres veces uno de éxitos de Morrisey. Esuché hasta que me cansé el disco de Odio Fonky de los queridos Jaime López y José Manuel Aguilera. Esuché a Ely Guerra, el soundtrack de una película de Wong Kar Wai. Fui feliz.
También leí unos textos de Daniel Sada y Álvaro Uribe; devoré Mr. Vértigo de Paul Auster y me enfrasqué en “El sentimiento trágico de la vida” de Miguel de Unamuno. Ahora sigo con Auster y una novelita llamada Ciudad de Cristal. Insisto, soy feliz.
Fui feliz charlando con mis hermanos, bebiendo cerveza con algunos amigos, con mis primos, llendo al teatro y viendo en el cine “Across the Universe”. Fui feliz andando por la carretera escuchando a Dylan y una colección de jazz latino que me regaló una buena amiga. Tragué chocolates y pavo y un spaghetti delicioso.
Aun así, algunas noticias irremediablemente llegaron a mis oídos, como el asesinato de la ex-primer ministro de Pakistán. ¿Debí sentirme mal por ser tan feliz cuando del otro lado del mundo se odian a muerte? ¿Acaso he fallado estos días en mi deber para con la humanidad? No es que ésta cuestión me mortifique demasiado, pero quiero enfatizar sobre el hecho de que cuando uno se aleja de los “medios de comunicación”, a veces se produce un sentimiento de aislamiento inefable. ¿Por qué? Estamos demasiado acostumbrados a “estar informados”, a “estar al día”, aunque no sepamos para qué. ¿Qué significa eso de “estar informado”? ¿Acaso es escuchar al vil López Dóriga en sus diatribas contra cualquier cosa que se le ponga enfrente y que le haga subir el rating de su tercermundista noticiero? ¿Cuántos periódicos tiene uno que leer para no sentir que lo están timando, o manipulando, o perfilando nuestra opinión hacia uno u otro punto del espectro político?
Sin el ánimo de ser radical, creo que prefiero quedarme mil veces con la fórmula de mi admirado Lennon. Si fue verdad que no veía tele ni leía periódicos, entonces creo que es posible cambiar al mundo. Prefiero acercarme a la realidad y no leerla, ni verla asépticamente en una pantalla de televisor. Creo que es más útil saber que alguna vez existió Chabuca Granda, o que una dama de nombre PJ Harvey canta por el mundo con su guitarra al hombro. Aprendo más del planeta a través de la música y el cine, hablando con ancianos y pordioseros, atrapando momentos que hacen sonreír o llorar a los demás. Aprendo más del mundo preguntando a mis amigos cómo marcha todo en el trabajo, cómo van sus planes de comprar casa y de tener hijos. Al diablo con la televisión. Espero no tener que encenderla en mucho tiempo. De verdad que quiero seguir siendo feliz.
De cómo Paul Auster ahuyentó al reggaetón asesino

Estoy en un cuarto de hotel. La vista da a un podrido patio donde se ven botes de pintura, tanques de gas, pedazos de malla ciclónica y demás trebejos. Si la habitación se encontrara del otro lado del hotel, la vista sería totalmente distinta: palmeras exuberantes, el mar pacífico quieto y cálido reflejando el mensaje del sol a todas las pupilas de la costa; cabecitas de seres humanos que flotan en el agua, juegan con las olas, se llenan de arena los calzones.
Siento que estoy condenado a ser el anti-héroe de todas mis historias. Por eso estoy viendo el jodido patio y no la piscina. Por eso estoy escribiendo y no ando trepado en el parachute, y mucho menos en la banana, o poniéndome repedo en la playa como suelen hacer algunos turistas gabachos, o los descolgados chilanguitos con sus hieleras de unicel compradas en algún oxxo.
Es bueno sentarse a escribir mientras el mundo gira. Pero para escribir, antes tuve que bajar a la alberca, bien tempranito, cuando no había nadie que la llenara de babas. Nadé y nadé para percatarme de tres cosas: fui el único desquiciado que a las siete y media de la madrugada se avienta un clavado al agua helada; mi condición física es deplorable y; de todas formas había babas, acopio indefectible del día anterior.
Conforme las horas pasaron y el sol fue desperezándose, salieron de su madriguera los demás inquilinos. Primero los viejitos y uno que otro cincuentón, luego familias con niños chiquitos, y finalmente los adolescentes. ¡A que juventud tan güevona, me cae! Desfilaron pieles de todos los tipos: bien formados cuerpecitos de jóvenes mexicanas, rozagantes, morenazas, bien sanotas. ¡Qué decir de las gringuitas, y alguna que otra argentina!
No faltaron en la colección las clásicas mujeres gordas que con ciertos trajes de baño parecen tener tres pares de senos en lugar de uno.
Por ahí aparecieron mis padres. Mi hermana llevaba rato echada en una tumbona. Cuando llegó mi hermano fuimos a almorzar y después nos tiramos todos en sendos camastros. Tramitamos con un mesero de nombre Jesús una cubetita de cervezas bien frías. Por suerte, era el momento del dos por uno, así que nuestra sed quedó bien saciada.
Leí buen rato un libro de Paul Auster. Tardé en terminarlo porque había muchas interrupciones. Algún genio consideró apropiado ambientar el espacio de la piscina con música punchis punchis a todo volumen. Un morrito de atrás se puso su discman y comenzó a gritar la canción que estaba escuchando. Rato después, un tipo agarró un micrófono (asumo que fue el mismo candidato-a-nobel que puso la música) e invitó a todos los presentes a que se metieran a la alberca, porque iban a empezar los “acuaeróbics”.
Tuve ganas tremendas de levantarme y preguntarle por qué no paraba todo su desmadrito, que uno venía a la playa justo para escaparse del escándalo de las ciudades. Pero lo que Auster me decía era muy interesante, y no quise dejarlo.
El libro habla sobre un escritor de novelas policíacas que se ve inmiscuido en un asunto de lo más extraño, donde lo confunden con un investigador privado, y tiene que evitar un asesinato. La maestría de Auster me llevó a disertaciones sobre el origen del lenguaje, el papel de un narrador para confundirse con la obra y hacer que el lector se olvide de quién fue la persona que escribió todo eso. Fíjese, amado lector, lo grandioso que es Paul Auster, que logró atraparme a pesar de tener detrás de mi un puto reggeaton reventando con sus bocinas mis tímpanos.
Acabé la novela y lo primero que hice fue salir corriendo a escribir estas líneas, a olvidarme del mundo exterior, de mi yo de carne y hueso para existir entre las letras y los signos de puntuación. Estoy en un cuarto de hotel, luchando por ser el anti-héroe de historias que no existen, con un podrido patio de un lado y el infinito océano del otro.
martes, diciembre 04, 2007
Laberinto
refugio de un adiós sin digerir
cascada bosque
suave textura de una roca
empujas al viento
con tus caderas ocultas
humeante tu dedo
no me toca
no sé tu nombre:
maga, ilona o yoko
no sé tu voz:
copa de vidrio estrellado,
muerte de una rama
o eco de un disparo
con silenciador
observas ahí
detrás de los confines
me miras sin querer mirarme
yo también te miro
procurando no caer
bebo café
rallo una hoja
pido la cuenta
cojo mi chamarra
y me dispongo
a convertirme
en tu abandono
Aclaraciones
Agradezco tus preocupaciones, que me defiendas, que me llenes de consejos.
Estimado anónimo dos.
Quisiera verte, pero al menos detrás de esta pantalla estás oculto, u oculta. Gracias, me has hecho soñar.
Estimada Taniushka.
Qué gratificante es darse cuenta de que alguien te lee como si te estuviera mirando a los ojos. Así has sido siempre. A ti jamás podría mentirte, ni olvidarte, y mucho menos dejar de quererte.
Estimado David.
No sé por qué escribo. No sé por qué estoy vivo. No sé por qué me llamo así. No sé con certeza qué hora es, o si consejo se escribe con s, o concejo se escribe con c. No sé por qué escribo. Será quizás porque después de todo, tengo fe.
¿Por qué le cambié de nombre a mi blog?
Un cataviento es una especie de veleta o banderita prendida de un asta manual, que sirve para conocer la dirección del viento. Descubrí que este blog es mi cataviento. Creo que es evidente que la palabra dice mucho más que “Crónicas desde la trinchera”.
martes, noviembre 20, 2007
Sheik
y tus pasos dejan huella sobre él
perlas blancas
brillo de cosmos
en el hallazgo de tu algo
puntos que en la piel
son coordenadas
caricias de broca
sabor del no te tengo
invento lo que no eres
decodifico hambre
lucho por rasgar el musgo
entre tus dientes y mi carne
lunes, noviembre 12, 2007
Tiempo
No es medicina, no cura nada, no repone las dolencias que un día fueron. Dicen que el tiempo es el mejor amigo del olvido. Pero a éste último no lo conozco, no recuerdo haber olvidado algo. El tiempo es existencia, una mortificación, un silencio incomprensible, estridente, que a veces se aleja de nuestros vicios para regalarnos calma.
El tiempo es el pretexto de las almas débiles, el aliado de los no cobardes, el espacio vital entre dos seres que se aman pero ya no pueden existir. Es la duda de los desesperados, la agonía en la desolación, el pegamento que aglutina nuestros sueños. El tiempo es aquello que basta para que se olviden nuestros nombres. Es el intervalo que dura un rostro en la conciencia. Es risa y parpadeo, canícula y hambre, despertar ansioso, convenio de oquedad entre el frío y el abandono. Es aquello que transcurre mientras uno aguarda.
El tiempo no se queda ni se va, simplemente está, en todas las horas, en todos los resquicios de cualquier ser. A veces uno siente que el tiempo se le acaba, pero eso no es posible; esa sensación de agotamiento es más bien la definición que provoca la angustia de caminar a ciegas en un pasillo donde no se sienten las paredes. Somos nosotros los que nos acabamos, los que transcurrimos, los que nos hemos vuelto medibles a través de manecillas, los que nos perdemos, los que nos quedamos sin palabras para definir al tiempo.
viernes, noviembre 09, 2007
Det är något som inte är som det ska härinne.
Det är något som inte är som det ska härinne.
Det är något skräckslaget
som inte kan ta sig ut härifrån.
Det är någonting som har givit vika
under mina fötter.
Det är någonting som har rämnat
över mitt huvud.
Det är någonting som sitter vid min huvudgärd
och hyperventilerar.
Det är någonting härinne
som går mig på nerverna.
Jag tror att det har uppstått ett livshotande
förståndslidande här i huset.
Jag tror att det är smittsamt.
Jag tror att jag måste akta mig
så att jag inte blir farlig.
Det måste finnas en rätsida.
Det måste finnas en nödlösning.
Det måste finnas en jourhavande låssmed.
Det måste finnas en utrymningsplan.
Det måste finnas en katastrofberedskap.
De eterna gota creo que es la gente
Somier te canta según el refrán
Del tango al tingo sombra reivindica
Un término fuerte
Del tango al tingo sobre las ramas
Oh, venid urucú
De eterno goteo son si termino hurgando
Hoy para verte llegar
De ternejo pingo de heroína
Soga mitad enerva
Ya otrora dejara usted el lid flotante
Fertilizante, herí y usé
Y al tronar de termitas
Atorada, más te ata a mi
Se ata, y te vi salir
De un mester fino y retorcido
De un mate final en lo odioso
De más te vi en hoja, banderas, miedo
De muerte, fin nace en otro, ningún plan
De marte finar catástrofe escapa
jueves, noviembre 08, 2007
martes, noviembre 06, 2007
Palabras de despedida
El enano platicón
Al principio solía acercarse al auto, extender la mano y esperar a que yo depositara sobre ella alguna moneda. A veces no le daba yo nada y se iba como si no pasara nada. Siempre está sonriendo. Su voz es similar a la de un gangoso, pero a este enano si que se le entiende bien.
En la misma esquina está su papá, un tipo flaco, sesentón, que vende trocitos de caña de azúcar con chile. El enano dice que gana más limosneando de lo que su jefe saca con sus cañas. No lo dudo.
Con él he tenido conversaciones que duran semanas enteras, y no porque sea muy intensa o interesante, sino porque sólo logramos articular frases que duran lo que tarda el semáforo en ponerse en verde. Llegué una vez al cruce, el enano se me acercó, me saludó con un gesto de la cabeza, moviéndola para atrás. Bajé el cristal y me preguntó: “¿Qué pasó con eso?” Se puso el verde y me tuve que arrancar.
A la siguiente vez que pasé por ahí: se me acerca, me saluda con la cabeza, bajo el cristal y ahora yo le digo: “¿Qué pasó con eso de qué?”, y se pone en verde y me tengo que arrancar porque el idiota de atrás ya está pegado al claxon.
Tiempo después sucede la misma escena, pero ahora él me responde: “Pues con eso que te pedí”. Dos días mas tarde le digo: “Pero si no me has pedido nada”. Al día siguiente, por la mañana, me dice: “¡Cómo no!, si eras tú”. “¿Yo qué güey?” Alcanzo a decirle.
Por la tarde, cuando paso de nuevo me dice “Pues eso que te encargué”, y mientras cambio de neutral a primera le respondo “¿Pero de qué me estás hablando carnal?”.
Al final de la semana me enteré de que se confundió, que no era yo, que era otro baboso con una jeta idéntica a la mía. Eso no impidió que a la siguiente vez, mi amigo el enano ya estuviera preparado. Cuando vio que mi auto se acercaba, conmigo adentro, de inmediato se levantó de su ladrillo, calculó el punto donde yo habría de frenarme y ahí se quedó paradito. Cuando llegué, bajé el cristal, lo saludé, y al mismo tiempo que él hacía la cabeza para atrás, como diciendo “Quiubo”, estiró la mano y me entregó algo. Se trataba del recorte de un teléfono celular, marca movistar, enmicado. “Eso es lo que quiero que me des”, dijo con una sonrisa que le proporciona su gigante boca. Miré el enmicado y no supe qué responder. Me tuve que arrancar.
A la siguiente vez que pasé le pregunté: “¿Y yo por qué te tengo que comprar uno de estos?”. El enano se llevó las manos a la gorra, sonrió chiveado, y me dijo “¿Pues por qué no?, y yo, “Pues qué te debo o qué”, y se puso el verde.
Luego vinieron los huracanes, y con ellos las lluvias y el mal tiempo. Supongo que el enano se sintió damnificado, puesto que su lugar de trabajo se vio afectado por las inclemencias climatológicas y no apareció en un par de semanas.
Cuando se fue la lluvia y volvió a aparecer el sol, así como los conejos salen de sus madrigueras, o los geranios retoñan, o las señoras popis se juntan a desayunar, apareció el enano en su esquina, sentado en el ladrillo. Cuando me acerqué en mi coche y lo vi desde lejos, pensé para mis adentros: “¡Ya valió madre, me va a preguntar que qué pasó con su movistar!”. Sin embargo, coincidió que el semáforo todo el tiempo estuvo en verde, así que no había necesidad de detenerme, y pues que me hago pero bien pendejo y que me paso sin siquiera saludarlo.
Al día siguiente me tocó en rojo, y el enano ahí estaba, al lado de mi carro, haciéndome “Quiubo” con la cabeza. Qué remedio. Bajé el vidrio, lo saludé, y me contestó: “Estás invitado el 4 de octubre”. Al día siguiente supe que ese día es su santo, y que habría fiesta en un pueblo llamado “Tixca”. Esa misma tarde me enteré de que Tixca queda por… ya se me olvidó.
Ahora, me urge encontrar cualquier pretexto para pasar por la esquina de las Torres y Carranza, para saber cómo llegar a Tixca, seguro habrá mole con pollo y arroz, y quizás tenga que aparecerme con un “brand new” movistar para el enano, para que a la próxima mejor me llame y en 5 minutos resolvamos lo que en casi un mes no conseguimos.
viernes, octubre 26, 2007
INVITACIÓN - CAMINO BEAT
La presentación de la banda se hará en el marco del Festival Quimera 2007, evento cultural que organiza el ayuntamiento de Metepec, y que según esto es de los más importantes del Estado de México.
La tocada es, pues, el próximo lunes 29 de octubre, a las 16:00 hrs. A continuación encontrarán una pequeña semblanza de la banda, así como el link a un sitio donde se pueden escuchar un par de demos y mirar algunas foticas.

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CAMINO BEAT
Por Ramón Santillana
Camino Beat. Camino que no se sabe dónde empieza, en qué lugar termina; entrelaza la ruta de cuatro realidades que navegan por el incógnito oleaje de la vida. Es el nombre de la banda que surge en algún lugar del tiempo difícil de identificar.
Héctor Varela, Toño Ávila, Víctor Hache y Ramón Santillana pisan por primera vez un escenario una tarde del año 2000 en la ciudad de Querétaro, México, como parte de una presentación para un festival musical. Sin embargo, no fue ese el detonante; jamás se volvieron a juntar, sino hasta el 2007. Un escenario será siempre circunstancial. Cualquier camino también lo es. Falso pensar que cualquier sendero conduce específicamente hacia algún sitio. El viaje no comienza en el origen ni termina en el destino. El viaje es el camino.
Cuatro viajes se vuelven uno solo, cuatro músicos con diversas trayectorias que nunca se han frenado. "Camino Beat" toma el nombre de la novela detonante del movimiento "beat", y de toda una nueva corriente literaria que definiría en parte el curso de las sociedades contemporáneas de occidente: "On the Road", de Jack Kerouac.
Todos los secretos se encuentran en los paisajes que uno ve desde la ventanilla del auto, de un autobús. Es imposible distinguir un punto específico en el cielo, en el desierto, en la exuberante maleza de los bosques que cubren los sueños y pueblan el imaginario de culturas y civilizaciones. La nación, así como el hogar, es lo que uno carga en la conciencia, en el infinito espacio interior que nos hace humanos.
"Camino Beat" es la espontánea reacción de ese interior que ya no puede contenerse, esa necesidad de escuchar el silbido del viento en los oídos, la aceptación contundente e irrevocable de que el destino es andar sobre el asfalto, las veredas terregosas, los mares y los aires. La música como vehículo. La música como pegamento de nuestras obsesiones. La música como la única coordenada entre el tiempo y el espacio en donde no existimos, pero somos; donde somos invisibles, pero la conciencia brilla.
www.myspace.com/caminobeat
domingo, septiembre 23, 2007
- fragmentito -
hacia el final del parque
y me vino el recuerdo
como una fiebre de hambre,
pero un recuerdo de ésos, tranquilos,
sin personajes;
un recuerdo de esos que no se miden,
que no se cuentan
y que no saber,
de ésos, oscuros de tanta luz,
vacíos de ser tan grandes.
Coral Bracho
sábado, septiembre 22, 2007
Mañana aun oscura

Despertar en la mañana aun oscura. Una voz del otro lado del silencio que te pide callar, te pide no acudir al encuentro de nada. Esa voz se pierde al colgar el auricular. Quedarse solo con el resollar de las tripas hirvientes. Mirar por la ventana el clarear del cielo. Triste y con ganas de nada comienza el día y no hay mucho que se pueda hacer.
La ciudad no espera a nadie. No cuenta cuantos van por sus calles haciéndose los que están vivos. No existe una estadística de los “buenos días”, los “qué hay de nuevo”. Vivir es ir callando. No siempre. Al menos hoy.
Pisar el césped, brincar el charco, tragar saliva y pensar que aunque hoy todo perdió su sentido, no es cortés con el aire frío el simplemente no hacer, el refugiarse con los ensueños de un pasado más confortable.
Llegar al trabajo y sonreír, con sinceridad pero ciertamente en automático. Nadie es culpable de los despojos que existen tras los muros de la piel. Andar los pasillos, estrechar las manos de los jóvenes y los adultos y demás fantasmas.
Repetir ante un público aquello que la mente retiene. Dejar pasar el tiempo para luego ir a buscarlo. Desandar los pasillos, liberar la vejiga de los miados y los miedos. Todo rodeado de bruma, de una irrealidad desconcertante.
El aire es menos frío que hace unas horas. Calienta un poquito, pero sólo aquello que se nota a simple vista. A media mañana el sol es como una rubia estúpida, quema la piel pero congela el alma. Al menos aquí, en esta ciudad, en medio de sus paredes y sus jardines con flores congeladas, con todo y sus cafés medio vacíos y sus perros destripados a mitad de la avenida.
Una punzada en mitad del tórax. Dolor que vuelve ardua la tarea de llevarse a la nariz un bocado de oxígeno. Dolor que antepone a todo aquélla voz de la mañana, detrás del teléfono, que pedía un silencio. Voz que se mezcla con todos los sonidos, que al rebotar en el córtex cerebral se vuelve ruido.
Ir de regreso a casa con una mochila al hombro, esa punzada, ese recorrer las membranas del mundo con tiento, procurando no romperla, ni dañarla, ni alejarla a soplidos de inconsciencia. Esa mochila que tiene el peso de todos los años y de todos los días, llena de papeles y de lápices. Esa mochila que carga un fragmento de historia, un fragmento tan pequeño como el más remoto punto del universo; tan inmenso como la punzada, el aroma del vacío, la saciedad de lo inasible.
Volver a una casa callada, al rechinar de la bisagra, a la duela que se hincha de calor y pesadumbre. Encender la computadora y escribir “Despertar en la mañana aun oscura”. Darle sentido a lo que no lo tiene. Alimentar la hoguera. Repasar un día tan gris como lo son a veces los anhelos.
Volver a salir, por la tarde, a la lluvia, a ocupar una silla vacía y beber café. Continuar con lo antes escrito. Notar que el tiempo sigue su escurrir y no hay forma de pararlo. Es mentira que una fotografía capture el momento. Nada lo captura. Es inevitable su fuga. Se va junto con el aroma del café y el jazz que se fue de las bocinas. Se van los momentos como la oscuridad de la mañana, la que viene cada día sin ser la misma, siendo otra, parecida pero diferente, como el agua que nos empapó, la sed, el beso que sólo se da una vez. Morir será el olvidar remordimientos, sacudirse las nostalgias, el dejar de añorar que por fin termine el día, venga el sueño y nos conduzca hacia otros reinos.
Se acaba el café, la pila de la computadora, la luz de la jornada. La voz de la mañana suena ahora más fuerte precisamente por estar ausente. Se van los amigos, el agua del retrete, la lluvia y los aciagos agüeros. Hay que seguir la voz de la conciencia, hasta el final, hasta que el dormir nos cargue. Soñar que habrá mañanas más claras.
- Fotografía por Pablo Bravo -
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de miradas con vocación azul
alma de piel de armiño
pestañas como terrazas al edén
carmen que se disemina
en revuelcos de aves que nos miran,
que remontan el vacío
que nosotros no miramos
tierra hundida en un naufragio
vientre de Lidia
iris que brilla
como osa mayor
dos columnas te sostienen
caen sobre mí como la noche del fin de los días
hembra deidad
que toca todo lo que habrá de convertirse en vida
de pino fresco nace el vaho
que desempaña certidumbres
de tu boca el día se alumbra
carmín que reverdece
furtivo pelambre de la tierra
persigue al infinito
nada más para seguirte
por sostenerte sin vilo
por respirar tu pulso
rostro de mi reflejo
rostro de luna llena
rostro de Teseo al final del laberinto
rostro de fracción del universo
rostro de Beatriz que me guía por el infierno
rostro de Eva antes y después del pecado
rostro de canto de sirenas
rostro que al final reconozco como el rostro mío
Sueños de una noche

Algo raro ocurre entre las multitudes. Al ir ocupando poco a poco un gran espacio, la gente pierde cierto sentido de la pertenencia, del territorio propio. No se amontona, ni se aperra: se ensambla. Se genera un disimulado corrillo aquí, otro allá, y cada uno crece tanto queal cabo de un rato forman uno solo. La masa se comporta como una sola persona: en un concierto canta, en un mitin político protesta o esgrime consignas en el aire. En una plaza cívica, un 16 de septiembre en México, esa unidad que conforma la multitud lo que hace es festejar.
Es difícil encontrar singularidades entre el festejo que se realiza en una ciudad con respecto a otra, a pesar de que uno no puede celebrar más que en un sitio a la vez (y a veces, mucho menos que eso). ¿Cuáles son las diferencias? A Toluca, por ejemplo, le gusta comprar latitas de aluminio con las que se esparce una espuma parecida a la de afeitar; le gusta rociarlas en la cara del que vaya pasando, sea conocido o no, tenga aspecto de burgués, de naco o de indígena. Se tenga o no en la mano una de esas latitas, la multitud ya decidió el comportamiento a seguir. Si eres uno de los que no tienen esa lata, porque no quieres, porque no te gusta, o lo que sea, poco puedes hacer cuando alguien te rellena las orejas de espuma. Nadie sabe a quién se le ocurrió esa idea primero.
La masa escucha una sola canción al unísono, que viaja de las cuerdas vocales de una escultural mujer semidesnuda, encima de un gran escenario montado en un extremo de la plaza, hasta los oídos medio taponeados de merengue. Primero se escucha al mariachi con algunas melodías románticas. Luego viene algo más movido, ritmo de banda y quebradita, sinaloense y pasito duranguense.
Se calla la música y una voz nos pide atestiguar con respeto el trayecto del “lábaro patrio”, que viajará de la alcaldía al palacio del gobernador. Un grupo de policías hace vaya entre la multitud, abriendo un pasillo por el cuál pasará un séquito de cadetes, quienes escoltarán a la bandera nacional. Rato después ésta hace su aparición y la multitud aplaude. La va cargando el alcalde de la ciudad. A él lo rodean unos cuarenta funcionarios que no quieren quedarse fuera de la foto. Se escuchan trompetas y el redoble de tambores. El “lábaro” se pierde tras el umbral del palacio del gobernador, y en ese momento la masa se queda expectante. Las voces se convierten en murmullos. Cesan los ataques de espuma, las banderitas tricolores no ondean. Niños aparecen de súbito sobre los hombros de sus padres. Sin que nadie lo haya ordenado o sugerido, la multitud voltea toda hacia la fachada del palacio. ¿Qué es lo que se está gestando ahí adentro? No se escucha la pregunta, pero se respira.
Durante esos instantes de desconcierto, la gente se mira a las caras, reconoce las mejillas pintadas de verde blanco y rojo, se compara el tamaño de los sombreros, los “viva México” escritos en ellos. Las personas se miran pero procuran no hacer evidente su curiosidad. En cuanto una mirada se topa con otra, una fuerza inefable las obliga a repelerse, como imanes del mismo polo. Decenas de miles de personas aguardan un sólo momento, sus gargantas preparan un estallido que solamente una vez en el año es patente y tiene sentido. El apretujo es indisoluble. Si alguien tiene algo mejor que hacer en ese momento, tendrá que aguantarse; estar en medio de la multitud implica la triste resignación ante los designios de un tirano. El aire frío de septiembre serpentea entre los cuerpos de los novios que se abrazan, los padres que sujetan firmemente las manitas de sus hijos, el rostro de los que clavan su mirada en el balcón del palacio donde habrá de aparecer un hombre y su bandera.
Finalmente, la figura del gobernante se asoma con el lábaro entre las manos. El silencio de la multitud revienta con una ovación espontánea. En México es muy rara la persona que no odia a los políticos, que no desea en lo más profundo de su ser el que la política pudiese erradicarse de la faz de la nación. Todos tenemos algo malo que decir de ellos, algo que reprocharles, algo por lo cuál mentarles la madre. Los políticos son el reflejo de todas nuestras frustraciones. Muchas veces son la causa de las mismas. Pero en noches como esa, en multitudes como esa, el político se transforma. El gobernante se vuelve la única voz que sobresale por encima de la masa. Él es el único dictaminador, el jefe de la orquesta de gargantas que gritan “¡Viva!”. Por unos segundos, él encarna la ilusión de un pueblo, de una nación que dice llamarse “México”, a la cuál pocos entienden. En momentos como ese, el rostro del político es como nuestra propia cara. Porque carga en sus manos nuestra bandera, sale de su voz nuestro grito, el grito de nuestros antepasados. Lo que antes fue un reguero de sangre es ahora un carnaval.
El político se siente cómodo porque en el fondo sabe que se trata de un protocolo, que no tiene que dar la vida por nadie y que si nadie de entre aquéllos miles lo sigue, no importa. El político grita “¡Viva!” y la masa le responde. Luego hala la soga atada al badajo de una campana para que ésta repique. Nuevo estallido de júbilo. En el aire las banderas ondean y los pulgares oprimen los atomizadores que harán lucir la plaza como en medio de una nevada. No hay una sola persona sin espuma en la cabeza y en la ropa. No hay una sola persona que no sonría. Las miradas vuelven a cruzarse pero esta vez no se repelen. Hay armonía.
Se comparten las sonrisas. No hay futuro, sino un pasado en común que nos puso a todos en este lugar. Las luces se apagan y comienzan a iluminar en el cielo los fuegos artificiales. Música alegre y emotiva se apodera de la plaza. La gente vuelve a callar, y ahora todos miran hacia el cielo. Entre más sonoros explotan los fuegos en el aire, más sincero es el aplauso de la multitud.
Luego de un rato todo se transforma de nuevo en calma. La plaza vuelve a ser iluminada por focos y arbotantes y reflectores. Una banda de músicos sube al templete y comienzan a rugir los acordes de una música entre cumbia y norteña. La pasión patriota deviene en un ansia de comerse un pambazo o una hamburguesa. Algunas personas venden bigototes estilo Zapata, varitas mágicas de color rosa con una estrella en la punta, sombreros gigantes y sombreritos, tiaras para que las niñitas se sientan como una princesa. Vuelve la espuma a inundar las narices y ojos de cualquiera, hasta de los policías. Se escucha el crujir de los buñuelos entre los dientes de unos viejitos.
La multitud se abandona a sí misma. La individualidad se va recuperando poco a poco. Las decisiones que uno toma por fin le pertenecen. La patria se quedó flotando en el aire, sobre las cabezas de la gente, debajo de la pólvora que aun rocía los sueños de la noche.
Condiciones Normales
Tenía cita a las seis y media. Cerré la puerta de casa a las seis. A las seis con treinta y cinco tuve que llamarle a mi buen amigo Pepe Porcayo para decirle que por favor me esperara, que estaba atrapado en el tráfico, que “tomé la peor ruta que pude haber tomado”. Me sentí tonto por escoger la calle de Instituto Literario, y verme preso entre los efluvios podridos de las cloacas que vomitaban agua de lluvia mezclada con colillas de cigarro y miados. Me sentí desesperado al ver mi pequeño cochecito minimizarse entre dos camiones de pasajeros que iban vacíos. Creo que todos los camiones de esta ciudad van casi vacíos, a la hora que sea. Además los que conducen el camión siempre tienen prisa de algo. Se irán cagando, o ya empezó su telenovela, o una sirvienta los espera ansiosamente con su perfumito de 15 pesos y los calzones medio aflojados, y obvio, la lluvia los pone de malas, como si todos los demás tuviéramos la culpa.
Para colmo, en mi carril me topo con que a una señora gorda, metida en un coche deportivo blanco, se le ocurre detenerse y poner las luces intermitentes. En doble fila. La gente piensa que accionando ese botoncito, los focos que se prenden y se apagan justifican cualquier impunidad. Uno se puede parar en donde quiera, sea en doble o en triple fila, o frente a la cochera de una casa, o frente a la salida de un kinder, una secundaria, para hacer que la gorda hija se baje corriendo a la tienda a comprar el pan. Al fin que nomás es de a rápido, que unos momentitos que atrofiemos la vialidad no son tan graves. Para eso tenemos las malditas intermitentes, ¿no? para mandar a todos al carajo, para que entiendan que de aquí no nos movemos.
Me comporto de manera estoica y me trago cualquier coraje que pueda treparme por el esófago. Incluso me pongo a prueba: llego al cruce de calles y una joven madre quiere cruzar, con su hija pequeña de la mano. Me freno, le hago la seña de que le pase. La joven se sorprende de que alguien en ésta ciudad le ceda el paso bajo la canija lluvia de septiembre. Apenas pone la mujer un pie en la calle, y el animal taxista australopiteco que tengo atrás pega su mano al claxon, para que yo me apure, o se apure la transeúnte con su hija, como si el claxon fuera un rayo pulverizador de estorbos. ¿Qué hago? ¿Me bajo y le doy una patada en la puerta y le digo que se calle el hocico? Ganas no me faltan, pero mejor ni le hago caso.
En el siguiente cruce tengo el verde a mi favor, pero a un tipo de una camionetita pick-up que venía por la calle perpendicular, simplemente le vale madres y se pasa su señal roja. Y como en su calle hay hartos camiones repletos de nada, y también coches parados con sus intermitentes encendidas, el tipito se queda a la mitad del cruce y no me deja pasar. El de atrás se vuelve a pegar a la bocina. Yo miro el reloj y ya sólo faltan diez minutos para que den las siete.
Vuelvo a reprocharme: ¡Qué tonto soy, agarré la peor ruta! Sin embargo, ¿qué hubiera pasado si en vez de atravesar todo Instituto Literario, me hubiera ido por Tollocan? Segurito que mi pensamiento sería el mismo: ¿¡Por qué coños me vine por aquí!? ¿Qué tal la avenida Morelos? ¿O Carranza? Sería, sin duda, la misma historia. Conclusión: está ciudad siempre hace que me sienta como un imbécil. Nomás no le atino, no le hallo por donde. Vanos son mis intentos por entenderla. Me siento mal por haber agarrado el carro y elegir esa ruta. Pero de haber tomado el autobús sería tarde de todas formas, me vería envuelto en las miasmas que desprenden nuestras conciencias tercermundistas.
A veces uno llega a pensar que es mejor quedarte en tu casa y comer camote, y ya no hacer nada, no quedar con tus amigos para tomarte un café o una chela, con tal de no respirar el humo de camión mezclado con el aroma de los esquites y cagada de rata; para no mirar la cara de tarugos que ponen los polis cuando las calles se congestionan y todos les mientan la madre porque de plano ya no saben qué hacer; para no escuchar las cumbias horrendas que ponen los de la zapatería, que se distorsiona en el aire junto al reguetón que sale de una papelería; para no mirar la botarga del tarado “Doctor Simi” hacer su show sobre la banqueta; a las nacas con hot pants y blusitas patéticas que reparten volantes para que estudies inglés y computación; para evitar llegar tarde a todas partes, por muy temprano que salgas, por muy cauteloso que te vuelvas; para no acostumbrarte a la idea de que esas son las “condiciones normales”, para no aceptar que esa es la única forma de vida, de convivencia, de que así es la cosa y te jodes, y si no llégale papá, aquí no cabes, ya somos bastantes los que nos disputamos el escaso oxígeno, los poquitos centímetros cuadrados de espacio personal que nos asignaron.


