domingo, julio 01, 2007

Somewhere in Texas...

UNO

1
Calzones, playeras, jeans, tres libros, cuaderno de apuntes, cepillo de dientes, pasaporte, visa, reproductor mp3 y unas bocinitas pequeñas de 143 pesotes compradas en wal-mart. Eso me cupo en la mochila, más una bolsa de gomitas compradas en el mercado. Equipaje más que justo y necesario para visitar a mi abuela, quien vive en Dallas desde hace 25 años.

2
El bombero Montag se sube conmigo al avión. Voy leyendo la frenética novela de Bradbury en la cual los bomberos no apagan incendios, sino que los provocan. No quiero comer nada, pues estoy muy atento a las lisonjas entre Beatty y el bombero Montag. Tanto quemar libros me provoca sed y pido jugo de naranja. Los personajes de la novela se aprenden frases que leyeron alguna vez en un libro. Yo no reconozco ninguna. Soy un ignorante. Bueno, no tanto; sí reconozco una discusión acerca de una guerra entre enanos, provocada por la falta de consenso acerca de si los huevos se deben romper por lo ancho o por lo alto.

3
Fila para pasar la aduana. Le hago la platica a un muchacho. Es maestro de inglés y de piano, estudió en Dallas y ahora va de visita. Viste como gringo (bermudas, tenis, playera), pero tiene cara de mexicano. ¿Yo estoy vestido como mexicano? Creo que no. Se llama Abraham, oriundo de Veracruz. Me pasa una estadística de lo más interesante: Dallas es la ciudad con las chicas más lindas de todo el gabacho. Le pregunto que si es en serio y me dice que sí, que lo leyó en una revista cuyo nombre olvidó.
El agente de aduanas me pregunta el motivo de mi visita. –Vengo a ver a mi abuela- le digo. Me pregunta por el tiempo que tengo pensado quedarme en su país. –Me regreso el próximo domingo-, vuelvo a contestar, displicente. Se escucha un trueno. El agente se asusta y luego se ríe. ¡Vaya clima! Me sella el pasaporte. El sellito dice que puedo permanecer en Estados Unidos hasta noviembre.

4
Me voy directo a la salida. Un sujeto vestido de policía me detiene y me pregunta que porqué no traigo maleta. Le enseño mi mochilita, -¿que no ve que traigo esta? Pone cara de extrañado y me dice que me vaya. Por no seguir los letreros voy a dar a una fila inmensa de gente. Luego de un rato me doy cuenta que ellos están esperando a que los metan en un avión. Por fin salgo. Mi primo Adrián, al verme, se levanta de su silla como si tuviese un resorte en la cola.

5
Salimos. Llueve copiosamente. Anduvimos poco más de una hora entrando y saliendo de “freeways”. Le pregunto a mi primo que si ya se perdió. Dice que no, pero es que la casa está bien lejos.
En la casa me recibe mi abuela con un abrazo, un caldo de pollo y cinco taquitos dorados. Este año es su 25 aniversario de haber llegado a aquél país. Me enseña la foto de un presidente gringo a la vez que dice: -Este señor era presidente cuando yo llegué, ¿Cómo se llama?- Yo le digo: Ronald Reagan.

6
Escapada nocturna con mi primo Adrián. Primero fuimos a una librería INMENSA. No lo pude resistir, así que salí del establecimiento con 7 u 8 libros, y sólo gasté 14 dólares. ¿En qué otra parte del mundo puede uno comprar libros de Faulkner, Solhenitsyn, Lewis, Twain, John Stuart Mill, Hobbes, etc. etc., por solo 14 dólares? ¡Yo lo sé: en esa maldita librería!
La segunda parada fue en una tienda de discos. ¿Cómo es que estos lugares están abiertos hasta tan tarde? No compré nada. A diferencia de la librería, todo estaba muy caro.
Cerca del centro, nos estacionamos en una calle solitaria y oscura. Caminamos hacia la avenida Greenville y nos metimos a un bar. Además de mis tres budweiser, comencé a observar si la aseveración de Abraham, el chico del aeropuerto, era correcta. Si, las chicas eran lindas.

7
Mi primo Adrián, a pesar de ser él mismo un norteamericano, no para de decir que “todos los gringos son unos pendejos”. Yo no estoy del todo de acuerdo con él y se arma el debate. Él dice que todos son unos descerebrados, que los policías no son otra cosa más que mercenarios, que la gente sólo piensa en dinero, que son pretenciosos hasta en su forma de comer. Yo le digo que también hay gente bien educada, sensible, que conoce la realidad de otros países y por ende, de otros mundos. Él no está de acuerdo conmigo. Comienzo a calentarme y él también. Tres rubias pasan por nuestra mesa, nos distraen y de pronto nos pusimos bien de buenas. Se acabó la discusión.

8
Después de entrar y salir de aquéllos bares, nos detenemos ante un carrito de hot dogs que está a la entrada de un estacionamiento. Nos atiende un muchacho pelón, con barbita de candado. Le pregunto qué es lo más rico que tiene y me dice que una hamburguesa barbecue. Quiero una, con papitas. Pagamos. Rato después llega un cuate, güero, de pelo largo. Le dice algo al oído a aquél pelón. Alcanzo a escuchar “…that mexican green shit?” El pelón nos dice que ahorita viene, y se va con el gringo a un rincón del estacionamiento, y se pierden entre las sombras. Mi primo y yo nos volteamos a ver, terminamos nuestras hamburguesas y nos vamos. No nos despedimos del pelón.

DOS


1
Me despierta el zumbido del viento. Me levanto y me acerco a la ventana. Afuera llueve torrencialmente y los árboles se sacuden con violencia. Mi abuela vive en una zona rodeada de bosque. Me fascina. Todos están dormidos (mi abuela, mi primo y una tía). Abro el libro de Bradbury y continúo con las fatídicas aventuras del bombero Montag. Las gotas de agua que golpetean el cristal.

2
Desde el carro alcanzo a ver decenas de anuncios en español: estaciones de radio, tacos, tamales, refrescos. Escuchamos 94.1, estación que sólo pone música ranchera, y que transmite desde el corazón de Dallas. Por primera vez en toda mi vida, estoy en otro país pero sin sentirlo realmente.

3
Prima Diana. Llegamos a visitarla. Ella trabaja para una compañía que administra 11 restaurantes McDonald’s. Esta ocupada, así que mi abuela y yo la esperamos en el restaurante que se encuentra justo al lado del edificio donde mi prima labora. Al entrar, mi abuela le pregunta a una empleada, a quemarropa y en español, por una tal Martha. La chica nos responde que “está de vacaciones”. Mi abuela lleva 25 años en Estados Unidos y JAMÁS habló, ni hablará una palabra en inglés. Rato después nos alcanza mi prima Diana. Como ella es ahí de las “meras meras”, se acerca a las cajas registradoras. Regresa con unos nuggets de pollo, papitas, botellas de agua, y un vaso para que mi abuela se sirva su coca. Expreso mi sorpresa ante la inmensa cantidad de paisanos que veo por todas partes, recalcando el hecho de que durante mi última visita, 6 años atrás, no sentí tanta presencia mexicana.
-¡Uy no!- dice mi abuela, -Estamos rodeados de puro pinche indio, ¡están por todas partes! Dos sujetos de la mesa de al lado, con cara de mexicanos, nos voltean a ver con ojos de desprecio. Me siento avergonzado.

4
Casa de la tía Sarah. Ella se convirtió al islamismo hace cuatro años. Me siento curioso por saber cómo fue su conversión, así que le hago montones de preguntas. Ni su catolicismo de origen, ni la influencia del protestantismo gringo la llenaron jamás. –En la mezquita, rezando los versos del Corán, me siento mucho más viva-, dice con un entusiasmo notable. Me habla acerca del enorme prejuicio que hay en la sociedad norteamericana en contra del mundo árabe, los musulmanes y su forma de vivir, etc. -¡Creen que todos somos unos mugrosos terroristas!- dice. A pesar de eso, mucha gente se acerca día con día a los Imanes, a las mezquitas. Eso me cuenta mi tía. Me da varios libros acerca de cómo vive una mujer musulmana en Arabia Saudita. En su mesita de centro, en la sala, tenía un hermosísimo volumen llamado “La Fe de África”. Lo hojeo, me enamoro de él, pero ese no me lo regala mi tía.

5
Vamos en el freeway. El plan es ir a jugar boliche y luego a cenar. Prima Diana al volante, yo de copiloto, mi abuela y la tía Sarah atrás. Llueve terriblemente. Mi abuela dice que le da mucho miedo ver el cielo tan oscuro. Vamos en el carril de alta, justo al lado del muro de contención. De un momento a otro, una pick up se estrella contra el muro, justo frente a nuestro coche. Vimos como da unas 4 o 5 vueltas. Mi prima no podía frenar de golpe, ni esquivar; el freeway iba repleto de carros. Cuando la pick up finalmente pierde velocidad, mi prima pisa el freno a fondo, nuestro carro se patina y damos de lleno contra la pick up. Todo es muy aparatoso. Estamos bien los cuatro. Me bajo para hacer una primera evaluación de los daños. El sujeto de la pick up no se baja. Voy a ver si está bien, y me encuentro con un negrito súper espantado. Se llama Jamal. Milagrosamente, se encuentra ileso.
Un chavo se detiene a ver si estamos bien, y se va de inmediato. Comienzo a escuchar sirenas. Llega una ambulancia. Mi abuela le dice a un paramédico que le duelen las espinillas. El paramédico revisa los golpes y le dice que no se preocupe, que sólo le iban a salir moretones y ya. Luego, eso mismo lo repite como 40 veces, a todos los que ahí estamos.
Nuevo sonido de sirenas precedió la llegada de un camión de bomberos. Se bajan dos gringos ataviados con sus chamarras anti-incendios, casco, guantes. -Cómo son rolleros estos gringos- pienso. La cosa no termina ahí. Llega un segundo camión de bomberos, como con otros cuatro elementos. Cada uno de ellos nos pregunta a cada uno de nosotros exactamente lo mismo: ¿Están todos bien? ¿Cómo ha sido el accidente? ¿Han llamado ya a las aseguradoras?
Se arma un tráfico estupendo. Mi prima Diana llame y llame al 911 y la policía que no aparece. Los bomberos comienzan a hacer presión: -Mire señorita,- le dicen a mi prima, -será mejor que usted y el otro señor intercambien datos y se vayan, el tráfico está totalmente detenido, y tenemos que atender otros 4 accidentes.
Nuestro carro aun camina, así que nos vamos. El pobre Jamal tiene que esperar a que una grúa lo recoja.

6
“Me hubiesen matado –pensó Montag, balanceándose. El aire aún se estremecía y el polvo se arremolinaba a su alrededor. Se tocó la mejilla magullada-. Sin ningún motivo en absoluto, me hubiesen matado.”


TRES


1
-Solo viendo esto puede uno entender la obsesión de los gringos por el petróleo- le comento a mi tía Bety, mientras rodamos por el freeway. –Es que sí mijo- me responde- ¡si no tienes coche aquí no puedes hacer nada! Para ir al supermercado te toma unos 20 minutos. Para rentar una película, una media hora. El centro comercial, los cines, el banco, quizá 40 o 50 minutos. El metro sólo existe en lo que se conoce como downtown Dallas, es decir, el mero centro. El resto de la zona denominada como Metroplex se une a través de freeways. El Metroplex es la unión de varios pueblecillos y ciudades que forman una masa urbana que se desperdiga dentro de un radio de cientos de kilómetros a la redonda. En la zona residencial donde habitan mis parientes, no pasan autobuses. Por eso, la gasolina es más preciada que el agua. Hay montones de compañías que compiten por el mercado de ese energético. Y para tenerlo se requiere petróleo. Y para tener petróleo se necesita recurrir a esfuerzos inmensos que sean redituables y le permitan a los gringos viajar maratones enteros para comprar una cerveza. Y para eso invaden Irak.

2
Desayuno en un restaurante que se llama IHOP (International House of Pancakes). El nombre me provoca risa. Ahí nos esperan mi prima Diana y su esposo Roberto. Nos acomodan en una mesa del fondo. Una negrita de peinado exótico (cabello naranja, rapado de atrás, chongo por arriba, y un costado más largo que el otro) nos toma la orden.

3
Mi tía dice estar harta de los “nacos”. Le pregunto que si con “naco” se refiere a los inmigrantes, a lo que responde que sí. Le recuerdo que ella nació y vivió 30 años de su vida en México. –Sí mijito- se defiende- pero yo he trabajado bien duro para tener lo que ahora tengo. -¿Y los “nacos” no?- le pregunto, un tanto retador. Ella dice que en fin, está de acuerdo con que a todos los inmigrantes los echen. Roberto, el esposo de mi prima, interrumpe; él no está de acuerdo. –Si echan a todos los inmigrantes, el 90% de la gente de la que dependo se tendría que ir. Mi tía le argumenta que esa gente no paga impuestos. Roberto le responde que ciertamente, impuesto sobre la renta no pagan, pero que en tax on sales (impuestos al consumo), entra a los Estados Unidos un montón de dinero, que beneficia a los comerciantes, al gobierno, a la economía en general. El debate sobre la mesa está totalmente dividido, y sobre todo, se llena de clichés, frases dichas y repetidas hasta el cansancio. Yo doy mi opinión, alegando que el debate es una pérdida de tiempo, que los gringos nos necesitan tanto como nosotros a ellos, que cerrar la frontera es una estupidez y que el debate no se debe manejar en términos racistas, llamándoles “nacos” a los inmigrantes, que ni siquiera lo son.
La negrita interrumpe para poner frente a nosotros lo que cada uno ordenó. Recorro con la mirada el salón donde nos encontramos, y reparo en un señor con claros rasgos físicos de un latino, con el antebrazo recargado en la punta del palo de una escoba, que nos observa debajo de su gorra de color naranja. El restaurante huele a café, miel de maple y huevos con tocino, y yo me siento profundamente apenado y creo saber por qué.

4
En el centro de Dallas recién inauguraron un museo de historia de la ciudad. Decidimos pagar la entrada y ver la exposición. Con eso de que no entiende inglés, mi abuela se aburrió muy rápido y se fue al vestíbulo a esperarnos a mi tía Bety y a mí.
Busqué por todos lados de dónde venía el nombre de Dallas. Sucede que lo adoptaron en honor a un tipo que se llamó Alexander Dallas. Busqué por todos lados quién demonios fue ese tipo, y sobre todo, qué hizo para que la ciudad llevara su apellido, pero simplemente no lo encontré. ¿Cómo es que te presumen a un héroe de quien no te permiten seguir su rastro? Así ocurre entonces con los íconos nacionales, parece que ahí estuvieron siempre. Los héroes son un dogma de fe. Y los nombres de nuestras ciudades también. Incluso nuestros propios nombres son dogmas de fe. No te preguntes de donde viene todo, porque a nadie le interesa. Nadie te dará la respuesta.
Pero eso sí, había una muy buena reseña de Ericka Badu, la cantante de color oriunda de la ciudad, así como de Stevie Ray Vaughan, e incluso de Ray Charles, quien no era tejano pero en Dallas vivió mucho tiempo. No podía faltar la mítica figura de Chuck Norris, y claro, no se permitirán jamás olvidar que en ese lugar asesinaron a Kennedy.

5
Por la noche miro en la televisión una película con mi primo Adrián. Se llama “THX-1138”, y fue realizada por George Lucas en 1970. El nombre de la película es el nombre del personaje principal, quien vive en un planeta tierra donde a la gente se le nombra conforme un número de serie. En esa realidad-ficción, todos deben consumir una droga que inhibe cualquier alteración del estado de ánimo: nadie sufre, ni llora, ni se pone triste o feliz. Todos visten de blanco. Todos están pelones. Yo como espectador estoy consciente de ese mundo autoritario en el que viven. No existe la libertad, y son sistemáticamente controlados. Incluso aparece un rostro al estilo “Gran Hermano” de George Orwell, que se incrusta en las pantallas de los televisores.
Me pregunto si no estaré yo en una película, y que algún espectador me está mirando y se da cuenta del jodido mundo en el que vivo, pero que yo, protagonista, soy incapaz de notar. ¿Mi nombre no será también una especie de número de serie?

5
El avión que me devuelve a México va lleno de turistas norteamericanos. Hablo con algunos, pongo atención a lo que otros por allá están diciendo. Todos van a Cancún. Todos. En varias ocasiones les oigo recomendarse los unos a los otros: -Cuidado con las botellas de agua, tienes que asegurarte que estén perfectamente cerradas. Dicho esto con tono de “esto no es broma”, como si el éxito del viaje dependiera en no beber agua más que de botellitas cerradas. Seguramente no saben ni sabrán qué quiere decir “Cancún”. Ni lo preguntarán. Ni les importa.

Huecos en la nada

A veces nos entristece escuchar música sin palabras,
pero es mucho más triste escuchar música sin música

Mark Twain


Hace ya como un mes que rompí mis lentes. No soy lo suficientemente organizado como para resolver el asunto de inmediato, sobre todo cuando se trata de unos simples lentes que en realidad necesito poco. Pero bueno, hace algunas mañanas pasé severas complicaciones para leer un mugroso libro que tenía la letra muy pequeña. Recordé mis lentes rotos. Decidí que esa misma tarde los iría a reponer.
Me apersoné en una óptica que se encuentra en los portales, en una esquina donde también se encuentra un puesto de periódicos. Me atendió una señorita muy amable, quien me hizo un examen de la vista y, tras determinar la graduación que mis ojos requerían, me invitó a escoger un modelo de armazón. Lo escogí y me dijo que volviera dentro de una hora.
Afuera de la óptica, sobre el portal, y dándole la espalda a la Avenida Miguel Hidalgo, había un grupo de jóvenes. 3 chicas y 4 chicos. Una de ellas cargaba un violín, y uno de ellos cargaba una guitarra. Hacían un semicírculo, como los que se hacen cuando se va a tomar una foto. El de la guitarra comenzó a rasgar y a cantar tremendamente desentonado. Sus compañeros lo siguieron. También el violín. Cada uno en un tono y ritmos distintos, de tal forma que al juntar todas las voces, aquél coro sonaba como un rezo, como un padrecito pero multiplicado por siete. Nunca entendí qué rol desempeñaba el violín, pues ni siquiera se escuchaba.
No soporté el ruido y me fui una tienda de discos que está a unos cuántos locales de la óptica. Esto con el fin de hacer tiempo para que al rato me entregaran mis lentes. Me puse a mirar discos. Así, literalmente, mirarlos. Frente al anaquel, hacía bajar las portadas de adelante para poder ver las de atrás. Toda una hilera de discos. Al terminarla, seguí con la de al lado. Y luego con la de al lado. Así me estuve unos 40 minutos. Todo ese tiempo, las voces del coro de jóvenes se colaban de repente en la tienda. Cuando acabé de mirar todos los cd’s, me agobió una sensación de vergüenza tremenda: en el lapso de 40 minutos fui a una tienda donde venden discos, a mirar discos. No escuché ni uno solo. Ni una canción. Lo único que escuché era la música, muy mal ejectuada, pero música al final de cuentas, que venía de afuera.
Entendí que la música no estaba en ninguno de esos discos. Aunque me hubiese comprado uno, o aunque le pidiera a un empleado que me lo dejara escuchar ahí mismo; era música grabada. Al decir grabada, quiero decir repetible. No tiene un lugar específico en el tiempo y en el espacio, porque en cualquier momento y en cualquier lugar podría reproducir con fidelidad la misma canción, la misma sonata o standard de jazz. De hecho no tengo porqué comprarla. Varias veces he ido a la tienda de discos, apunto en un papel los que me llaman la atención y luego llego a casa y los descargo desde la Internet. Existe pues, todo un arsenal de discos de plástico y platino metidos en cajitas, decorados con folletines impresos en papel couché; existe un universo de mega bites que se convierten en ondas sonoras que suenan a algo perfectamente identificable.
Pero música, como tal, venía sólo de afuera, de las malas entonaciones de aquéllos siete jóvenes. Es ahí donde vive el espíritu de la música, en ese momento único e irrepetible donde un individuo construye huecos en la nada, un sonido que jamás volverá a ser el mismo; se inventa una onda que se abre paso en el aire para rebotar en cualquier tímpano que vibra. Y con esa vibración empuja esa misma onda hacia el interior de uno. Ahí, nuestros órganos y vísceras se vuelven otra clase de tímpanos que también vibran, se mueven, al grado que en ocasiones, dependiendo de la intención de la onda, la sangre se calienta, se enfría, corre más aprisa, nos pone la piel de gallina, nos hace llorar. Todo eso ocurre una sola vez en nuestra historia, y aunque se repitan momentos similares, éstos jamás son los mismos.
Decidí salir de la tienda, dejar de mirar portaditas para presenciar ese momento históricamente desafinado. Fue entonces que miré el rostro de las chicas, que no era el mismo cuando cantaban que cuando guardaban silencio esperando el siguiente compás. Vi la mano del chico de la guitarra, su movimiento, su fuerza que empuja al viento y golpea las cuerdas y genera ondas que a su vez… etcétera.

martes, junio 26, 2007

Mournful

(Si quieres conocer la versión de David de la misma historia, visita: http://escenasdeunrecuerdo.blogspot.com/)

1
Lo cotidiano de unos días donde hasta el aire falta. No me resisto a la idea de que no estás. No comprendo la taciturna saciedad de los que van por el mundo sin desear nada. No concibo la noche como mortaja. Me duele tu vientre lejano.

2
El bar está vacío a excepción de la silla que ocupo. David llega con retraso pero poco me importa. Un abrazo y luego a encender el puro. Comienza la charla y algo sabe extraño. Será la música. Hablamos con el mesero, -Mira carnal, no hay más clientes que nosotros, y el disco que pusiste es una porquería. Permutamos a Reyli por Guns n’ Roses y la discusión adoptó ciertos tintes de otras épocas.

3
La primera ronda de cerveza se escurre al hablar del hijo de David; de trámites para graduarse, temas de tesis, de textos que uno escupe al mundo sin la menor voluntad de generar nada. Él me narra cómo fue el momento del alumbramiento; él con su emoción y su cámara y su hermana a través del celular siendo testigo del suceso. Comparto su emoción pero no sé de qué me habla. Ya cuando yo sea padre.

4
La segunda ronda se ambienta con cualquier tipo de música. Lo que sea menos Reyli. Hablamos de tantas cosas que no consigo recordar ninguna. Yo me aferré a las aceitunas con queso con la misma devoción con la que David apiñó su regocijo alrededor de su puro. Hasta ese momento distinguimos que ya había varias mesas ocupadas. No estamos solos. Varios mundos nos rodean.

5
Un chico me toca el hombro y me paro y le miro el rostro. Reconozco en él a un no tan viejo estudiante. Me pongo de pie y después del riguroso abrazo me percato que estoy demasiado mareado. David se pierde en una nube de cigarro y lontananza. Yo discurro sobre la vida y sus misterios con aquél alumno que en realidad sólo quería saludarme.

6
La siguiente ronda fue mortal. Según las cuentas de David, cada uno llevaba en el cuerpo tres litros de cerveza. Tres litros que pesan, que se resguardan en algún lugar. Yo no hice las cuentas pero David es economista y supongo que su palabra es verdad. Lo más extraño es que después de tres litros sólo oriné dos veces.

7
Aun así continuamos. El rock progresivo inundó la mesa y cada quien lanzaba nombres de guitarristas y tecladistas. Le dije que no era posible que no haya escuchado antes The Jelly Jam, y me hizo callar cuando mencionó a Derek Sherinian. El disco de Labrie es una porquería. ¿Pero qué tal Liquid Tension con Tony Levin al bajo? Comenzamos a reírnos como locos. Nos fueron a correr cortésmente, pero David se defendió pidiendo una última cerveza.

8
Dando tumbos llegamos a mi carro. Quizás fue en un minuto o en cuarenta y cinco, pero por fin apareció al carro de David. Me prestó unos discos, se subió a su auto y se esfumó.

9
Voy de regreso a casa y me falta el aire. No me resisto a la idea de que no estás. Presumo que quien nada desea será porque jamás te ha visto. Entro a mi guarida sin mirar la hora. No hay mensajes tuyos y me siento desahuciado. El aire se compacta más, me sofoca. Dejo que la luna me roce la cara y me hundo en mis sábanas frías. No concibo la noche como mortaja. Me duele tu vientre lejano.

miércoles, mayo 30, 2007

CIUDADES HERMANAS

Ciudades Hermanas

Parte I: Welcome to Toluca!

Ciudades Hermanas es un programa de intercambio cultural que se establece entre dos ciudades de diferentes países. La ciudad de Toluca cuenta, entre otras, con una hermandad con la ciudad de Fort Worth, Texas. Cada año, un grupo de estudiantes de ambas ciudades se reúnen para conocerse, interactuar, y a grandes rasgos, mostrar lo que la cultura a la que cada uno pertenece puede ofrecer. Este año, Toluca fue la anfitriona. El relato a continuación es testimonio de aquéllos días.

Sábado. Día que marcó en el calendario la llegada de los gringos a la ciudad. 7 de la noche, estación “Caminante”. El grupo de norteamericanos llegó a Toluca procedentes del aeropuerto del DF. Unas catorce familias, entre ellas el narrador, esperaron en la estación la llegada de la delegación texana. Se produjo el encuentro. Unas catorce sonrisas salieron del autobús para encontrarse con sonrisas afuera del autobús. Nerviosismo. Saludos en inglés, Welcome to Toluca! Rostros de sorpresa. Los estudiantes se miraron tímidos. Todos querían decir algo pero de sus bocas salieron pocas palabras. Las familias, diligentes, se adueñaron del equipaje de sus ahora huéspedes. Fue el primer contacto de un encuentro entre dos culturas que a diario se rozan pero no se miran.

Cada quien se llevó a su gringo a cenar, para más tarde volver a reunirse todos en los cines. Ese fue el plan. Los 14 estudiantes anfitriones escogieron una película mexicana que mostrarle a sus invitados: “Niñas mal” (Por supuesto, en español). Entre invitados y anfitriones, más los padres de familia, amigos y profesores colados, una muchedumbre de entre 40 y 50 personas se apoderó de casi dos filas de una amplia sala. Se llenó rápido el recinto. Empezó la cinta, y con ella, las traducciones simultáneas. ‘Pendejo’ means ‘asshole’ escuchó el narrador detrás de él. Cuchicheo constante entre anfitriones e invitados. Se fue la luz. La rechifla y el griterio. La gente sacó sus celulares para jugar con la luz de las pantallitas. Le preguntaron al narrador: Is this normal? Y él contestó algo ambiguo, como diciendo Sí, pero no debería. Minutos después regresó la energía eléctrica, y con ella la actriz Martha Higareda en pantalla. El júbilo del espectador se manifestó con un aplauso. Como la luz es más rápida que el sonido, el audio no se hizo presente. Volvieron los silbidos. Estos mutaron en insultos. Luego vino lo más predecible de ésta crónica: la palabra ¡Cácaro! escupida con pasión, y a juicio del narrador, con cierto dejo de odio. El operador de la sala detuvo la cinta. Un señor de la parte de atrás se puso de pie, bajó por el pasillo hasta la mitad, y dirigió unas palabras a la concurrencia: ¡Ésta película vale madres! y se salió. El público aplaudió. Los 14 gringos preguntaron a sus anfitriones: What did he said? Hubo 14 traducciones distintas. Los norteamericanos miraron a su alrededor con una mezcla de estupor y divertimiento. En lugar de ese asombro extremo, los mexicanos miramos más bien con vergüenza, pero igual de divertidos. Alguien volvió a decir: Welcome to Toluca!
Se apagaron las luces. La pantalla brilló y los ánimos se apaciguaron. Arrancó desde cero la película. El bote de palomitas ya iba a la mitad y ni siquiera habían pasado 8 minutos de cinta. La luz se fue, otra vez. Una mujer muy fina gritó desde el fondo de la sala: ¡Hijos de su re chingada madre! Aplausos. No fue necesaria la traducción. El narrador no se estaba divirtiendo. This is not normal at all!
Un hombrecillo se paró con gallardía frente a la concurrencia. Vestía el uniforme de la compañía de cines: gorra (el narrador olvidó el color), camisa con logotipo (mismo caso) y pantalón azul. Ofrecemos una disculpa, pero se fue la luz en todo el centro comercial. Este problema no es de nosotros… El público no lo dejó continuar. Si los insultos hiriesen como piedras, el hombrecillo pudo haber muerto lapidado. Con frustración, se dirigió a la salida de la sala, y casi a punto de salir, alzó su mano derecha con el puño cerrado, el cuál desplazó con violencia por detrás de su cabeza. Nos mentó la madre, pues. Otra explosión de gritos. Los invitados norteamericanos estaban genuinamente encantados. Reanudó la película. Guardamos silencio. Los gringos ya no quisieron traducción simultánea. Básicamente, comprendieron que la película trataba acerca de los senos de Martha Higareda.

Parte II: Salió bien, ¿no?

En la parte I, se dio cuenta del día en que la delegación de estudiantes de Fort Worth, Texas, llegó a Toluca, y los extraños acontecimientos que presenciaron esa noche. En la parte II, se hace una crónica de la ceremonia “oficial” de bienvenida por parte de la alcaldía de la ciudad de Toluca, en el marco del programa “Ciudades Hermanas”.

El narrador llegó el lunes por la tarde a la alcaldía de Toluca. Tarde. Por fortuna, la ceremonia de bienvenida para la delegación de estudiantes de Fort Worth, Texas, no había comenzado aun. Casi todo estaba en su lugar. El recinto era un bonito salón de la planta alta, en la esquina del edificio, con una bella vista a la plaza cívica de Toluca. El gobierno de la ciudad se alistó para recibir formalmente a los invitados. Una voz masculina invitó al público asistente a tomar sus lugares. Los gringos ocuparon las primeras filas del lado izquierdo. Al centro había un pasillo. En las filas del lado derecho se sentaron ciertos invitados que el narrador desconoció y aun hoy sigue desconociendo. Él se sentó entre ellos. El resto de los lugares fueron ocupados por las familias anfitrionas de los norteamericanos.
Frente a la audiencia, la Mesa de Honor. La mesa, como tal, no era muy grande, pero sí lo fue el número de convocados a la misma. Donde normalmente podrían caber cómodamente cinco personas, ubicaron a unas catorce. Lucían apretados. El alcalde de Toluca debió ser el personaje más importante de la mesa. Sin embargo, como no pudo ir, mandó en su representación a una funcionaria, quien tampoco pudo ir. Así que la funcionaria mandó en su lugar a otro personaje para que la representase. A la mesa también se sentaron profesores, regidores, fulanos y fulanas cuyos nombres y puestos se le escapan al narrador de la memoria, a pesar de que todos fueron debidamente presentados por un maestro de ceremonia. La verdad es que eran demasiados nombres como para que uno los ande recordando.
El maestro de ceremonia cantó el inicio de la misma desde un podium. La audiencia escuchó con atención. Al fondo de la sala, una voz femenina interrumpió al presentador para traducirlo al inglés. Se invitó al Licenciado tal, -quien en representación de la Licenciada talporcual, quien a su vez debería estar representando al alcalde de la ciudad- a que dirigiera un mensaje a los presentes.
El Licenciado –por cierto, chaparro y morenito, pero bien trajeado- se desenchufó de la apretada Mesa de Honor y caminó con gallardía hacia el podium. Comenzó su discurso con una inmensa letanía, en la cual repitió uno por uno todos los nombres de los miembros de la Mesa de Honor. Luego de rendir tributo al ridículo protocolo, dijo, palabras más, palabras menos, lo siguiente: Es para mí un gran honor dar la bienvenida a esta delegación de estudiantes. Toluca los recibe con los brazos abiertos, con la mejor disposición de estrechar los lazos de hermandad entre nuestros pueblos, para enriquecer nuestras experiencias mutuas, aprender los unos de los otros, para beneficio de nuestra comunidad. Del fondo de la sala, la voz femenina tradujo: We welcome you to Toluca. Nada más. ¡Nada más! Se sobrevino una epidemia entre la mayoría de los asistentes que a continuación trataré de explicar: Fue un ejercicio difícil, y el narrador lo sabe porque también a él le ocurrió. Fue uno de esos momentos en los que una fuerza que se genera en el estómago sube a la vez por el esófago y la tráquea, llena de aire los pulmones, provoca un cosquilleo terrible en la caja toráxica que a su vez produce un estremecimiento irremediable de las extremidades, contrae los músculos de la cara, abre las gargantas y después las bocas para expulsar una radiación sonora, estruendosa; el cuerpo se precipita hacia adelante expulsando toda esa fuerza, el rostro se colorea de rojo, y sobreviene un ataque de espasmos, brinquitos y pugidos, el cual recibe varios nombres, como risa, carcajada, etc. Algunos de los presentes omitieron el detalle de abrir las bocas, así que la fuerza, al ser expulsada, generó un sonido parecido a un sonoro ronquido. El Licenciado guardó silencio y se puso todo rojo. Coraje o vergüenza. Prosiguió su discurso con una anécdota que involucraba al presidente George Washington, de cuando éste tuvo un encuentro con un batallón después de la guerra de independencia, y una charla con un capitán, etc. La voz al fondo de la sala tradujo: I admire president George Washington. ¿Quién contrató a esa traductora tan incompetente? Por supuesto que la epidemia de risa se generalizó, incluso entre los invitados norteamericanos.
El chaparrito cortó su discurso y se fue a apretujar otra vez a la Mesa de Honor. Otro sujeto, igual trajeado y con bigototes, pasó al podium para hablar. Increíblemente, volvió a repetir los nombres de todos los miembros de la Mesa. Su mensaje fue olvidable. Le siguieron unos tres o cuatro discursos por parte de la delegación de gringos. Todos breves, en español precario, pero se les agradeció el gesto de hablar en nuestro idioma.
Después, una voz al fondo de la sala informó a los presentes que a continuación se vería una “presentación digital” del gobierno del estado de México. En ese momento, un individuo se aproximó a una mesa situada entre los invitados de honor y la audiencia. Colocó una computadora portátil y la prendió. La conectó a un cañón proyector. Metió una memoria USB. Todos fueron testigos de cómo buscó por varios minutos un archivo. Lo abrió. Se desplegó un programa. Le dio clic al botón de “play”. Se hizo de un micrófono y lo pegó a la bocina de la computadora. Después de casi diez minutos de minuciosa operación -en la que los presentes no tuvieron de otra más que observar lo que el individuo hacía-, se pudo contemplar una chafísima presentación que consistía en fotografías, acompañadas de una pista musical que al narrador le recordó el sonido de un viejo tecladito marca CASIO.
Luego de eso invitaron a otro miembro de la Mesa, un alto representante del gobierno del estado de México, a que dirigiera un mensaje. El narrador sí que recuerda el nombre: Arnulfo Valdivia. Lo recuerda, entre otras razones, porque su discurso fue lo único rescatable de tan patética ceremonia. Para empezar, el nuevo orador informó que su discurso sería en inglés. Y en ese idioma, impecable, dirigió el único mensaje que no fue interrumpido por la traductora, y que la gran mayoría comprendió en su totalidad.
Finalmente, se invitó a cada gringuito a que pasara al frente para recoger un reconocimiento. Solo que la invitación se hizo en español. Inexplicablemente, la traductora no tradujo. Comenzaron a recitar los nombres de los gringuitos, quienes no sabían porque los llamaban. Se pararon desconcertados, mirando a todas partes. Buscaron respuesta en los rostros de los presentes. De entre el público, una chica que hablaba inglés fue y le arrebató el micrófono a la traductora. Repitió la invitación. Por fin se entregaron los reconocimientos. La ceremonia tocó fin. Los miembros de la Mesa de Honor se pusieron de pie e intercambiaron tarjetitas con sus nombres. El narrador dejó su lugar y se fue al fondo de la sala, para observar. A su lado se encontraba el individuo que puso la “presentación digital”. Lo escuchó decirle a una muchacha que también estaba ahí: Pues salió bien, ¿no?

lunes, marzo 12, 2007

Objetos

Desde el año pasado traíamos la loca idea de hacer alguna remodelación en la casa. Todo comenzó con ideas sencillas: pintar un poco por aquí, cambiar este mueble de lugar, tirar todas esas porquerías que están en la alacena… -¡¿Qué?!- Increpó mi madre, -¡¿Tirar todas mis cosas que están en la alacena?! ¡Entonces también vamos a tirar todos tus libros que tienes allá amontonados en el baño del cuarto de servicio! -¡Momento!- dije, -Mis libros si que son útiles. -¡Cuál útiles ni que la fregada!- responde con ira mi madre, para luego añadir: -¡Esos libros ni los lees, nomás están ahí haciendo bulto. Yo me defiendo, y alego que ni modo que me ponga a leer todos a la vez, o que en cuanto termine de leer uno, lo tire a la basura. Mi hermana entró a la discusión sugiriendo que cada quien hiciera un esfuerzo y se deshiciera de todo aquello que no utilizara. Mal hizo en meterse. Mi madre y yo nos unimos y a coro le gritamos que si estaba muy dispuesta a opinar, pues que entonces se deshiciera de toda la fauna de peluche que está sobre su cama, esa que su novio tiene a muy mal ir incrementando en número y espacio. -¡Ah no!, se defiende la hermana; ¡Esos me los regaló mi gordito!
La discusión también alcanzó a mi hermano, a quien todo mundo le recriminó su colección de discos de software pirata que tiene regados por todo el estudio. Mas los calcetines que fungen como inútil guardapolvo debajo de su cama. Y qué decir de sus sandalias, esas que nunca se pone, que las deja a media recámara, y que en la noche, cuando a oscuras me paro a orinar, y que las piso, y que me hacen perder el equilibrio y casi romperme la jeta, que se rebautizan como las “¡pinches chanclas!”. Pero mi hermano también se defiende, y me acusa de tener revistas por todas partes, y a mi madre por su colección de papeles de la iglesia, y a mi hermana por “acalzonarse” los DVD’s en su cuarto.
Luego a mi padre se le ocurre intervenir, y decir que todos tenemos la casa hecha un “maldito mugrero”. Entonces se arma la coalición, y nos vamos duro contra él, -¿Y qué nos dices de tus cajas de libros que están debajo del escritorio? ¿Eh? ¡Ni las patas podemos tener estiradas cuando nos sentamos ahí! Y le decimos que entonces habrá de vender su camionetota vieja que tiene ahí afuera y que nunca usa.
Total que se arma la campal de verbos e improperios. Llegaron las bravatas, las cuasimentadas, el hacerse todos los ofendidos, e inmediatamente después, los remordimientos, los “chale, si, te lo dije re feo”, los “yo cuando me he metido con tus cosas”, para concluir en el “¡Bueno ya, todo mundo pone de su parte!”
Y así se hizo. A lo largo de los años uno se va llenando de objetos sin ni siquiera darse cuenta. Se guardan por miles de razones: por no saber qué hacer con el objeto una vez que se tiene en la mano, o por pensar que tarde o temprano nos será útil, o sentir que la presencia del objeto sustituye la ausencia de alguien, o creer que las cosas son atajos a la memoria, pistas para no perderse en el olvido. Nos da pena tirar las cosas porque sentimos que tiramos algo de nosotros mismos. Como si las cosas en verdad sintieran el desprendimiento. Pareciera que los objetos son la constancia de nuestro divagar, flujo constante de nuestras historias. Los necesitamos, a los objetos. Ellos nos llevan ventaja porque de nada les servimos. Si no los encendemos, pateamos, sobamos, limpiamos, les viene igual. Nosotros creemos que están, mientras ellos ni cuenta se han dado.
Así que ahí tengo mi guitarra que no suena, y mi pluma que por sí misma no escribe ni media letra, y mi gran colección de discos que no se pueden tocar solitos. Tenemos teles y radios, camas, colchones, chamarras, panes duros, llantas viejas, pedazos de leña, polvo sobre una lavadora, botes vacíos, botes con algo dentro, un reloj en mi muñeca que es más viejo que yo. El hombre hace objetos que hacen al hombre. Nadamos entre objetos como si se tratase de los días y las horas.
Por eso, en mi familia hemos decidido sentarnos a observar nuestros objetos, a pensar por qué demonios ese horrible trofeo lleva años sobre la cómoda, del porqué nadie quiere que esas fotos en las que mis hermanos y yo éramos niños se muden a otra parte. Los objetos nos ayudan a pensar en un mundo primitivo en el cuál no hacían falta los objetos para que alguien se pusiera a pensar.

El encuentro

I

¿Qué haces en la chamba a estas horas?- le pregunté a Carlo. Él comía una ensalada de manzana, yo me preparaba para irme a mi clase de japonés. ¿Japonés?- me preguntó intrigado, -¿Quién te da clases de japonés? Dos preguntas al hilo y sus respectivas respuestas. -Sí, japonés, me las da un cuate que tengo- le digo, -(las clases)- le aclaro. Se ríe y después me dice -¿Y tu profe es japonés? -Pues más o menos, digamos que es mexi-japo, habla los dos idiomas desde morrito.- es mi respuesta -¿Y ti puero acompaniar?- Carlo lanzó esta pregunta con ojos de suplica. -¡Claro broder, no veo por qué no! ¡Ah, no manches!- me dice; -¡Deja apago toro y nos vamos ¿no?! Lo dejo hacer.
Carlo es gabacho y además es profesor de japonés. Vive en Toluca, tiene una banda de rock y habla muy bien español. Según confiesa este amigo mío, lleva año y medio sin hablar japonés “así chingón, ¿sabes? con japoneses de a de veras”. Le dije que pues no sé bien qué tan japonés es mi cuate, pero eso si, es bien meshica, me consta su pasión por el albur, la fiesta y las garnachas post-borrachera.
Mandé un mensaje al celular de mi profe: “Carnal, hoy llevaré a alguien que te quiere conocer”. Mi profe me responde: “Que sea vieja y que esté buena, si no no”. Llegamos a la escuela de idiomas. Carlo estaba francamente impaciente, creo que hasta emocionado. Esperamos afuera del salón hasta que finalmente se acercó Masa, mi profe, mi amigo. -Carnal, él es quien te quería conocer. Como verás, ni es vieja ni está buena pero la sorpresa te agradará. Masa no dijo mucho, se presentó muy formalmente y en eso mi amigo Carlo se arranca hablando japonés. Konbanwa watashiwa hai genki desu, ooooooo, yo nomás los miraba. Se desata el lavadero nipón. Masa pelaba bien grandes los ojos, Carlo ponía cara de buscar las palabras correctas. Alrededor se plantaron dos o tres espectadores medio asombrados de escuchar una conversación en verdadero japonés dentro de este refundido pueblo. Uno de ellos, gordito, tenía la boca francamente bien abierta.
Moshi moshi tanuki nan sai deska, cuando Masa me voltea a ver y me reclama -¿Por qué no me habías dicho nada cabrón? Pongo cara de tonto, no sé qué decir. Carlo también me encara y me dice -¡Sí, pinche güey, porqué no digas nara? El acento del gringo diciendo “pinche” me da risa. -¡Oh, perdón perdón! Pero Masa arremete diciendo: -¡Este güey dice que lleva año y medio en Toluca, y en todo ese tiempo te he visto pinche mil veces, ¿por qué no me habías dicho nada?! Me defendí diciendo –Pus ya te lo traje ¿no?, ya qué me la armas de tos.
Pasamos todos al salón. Masa le pidió a Carlo que se presentara con la raza, -Konbanwa Minasan, Watashi wa Carlo desu, y un montón de cosas más. Algunas chicas lo miraban con admiración, pues este gringo es alto, de ojo claro. Dicen que se parece “al que sale en ‘La Momia’”. Noté que Masa, mi profe, mi amigo, también estaba emocionado. Nos puso a hacer diez oraciones bien perras, -¡órenle, a trabajar!, y se puso a platicar con Carlo, en japonés. Mientras hacía mis oraciones, traía al lado un bonito soundtrack de ooooooooooo, arigatou doita shimashite. Luego los dos se reían y enseguida me miraban, -¿Se están riendo de mi cabrones?- los reté, y Masa me decía: –¡Baa! Y Carlo se reía. -¿Qué quiere decir “baa”?- les pregunto. Carlo me dice: -Quiere decir buey. Les hago caracolitos con la mano, -¡pa’ los dos! Se vuelven a reír y siguen platicando.
Minasan (en español: la gente, la raza, pues), comienza a terminar su ejercicio. Van con Masa para que se los revise. Cuando se acumula más de una persona para que Masa cheque si sus oraciones están bien o mal, éste les dice que se las muestren a Carlo. El gringo comienza a revisar los ejercicios con la cara de placer que tiene aquél que se acaba de meter en un jacuzzi bien calientito, con una copa de champagne en la mano. Curiosamente, las chicas se saltan la aduana “Masa” y se van directo a que Carlo les revise sus oraciones.
Termina la sesión, el gringo-japo y el mexi-japo intercambian números de celular, correos electrónicos, y la promesa de verse pronto y seguir cotorreando. Nos despedimos. Carlo me pregunta que si tengo hambre, que tiene ganas de una chela. ¡Vámos!- le digo, -Conozco un lugar aquí cerca.
Le caímos a las Palmas del Sur, un restaurante de tacos al carbón. Carlo seguía muy contento por su encuentro con Masa. –No sabes cómo me hizo recordar este cuate tantas… too many things, you know?- me dice, con cara de nostalgia. Pedimos medio kilo de fajitas de pollo, una cheve cada uno, y nos enfrascamos en uno de esos temas de los que casi no hablamos los hombres: mujeres. Pensé que luego pagaríamos la cuenta, chau chau, ahí te vez, que descanses, con cuidado, etc. Pero no conté con que mi celular vibraría. La noche apenas había comenzado.

II

-¡Hasta que contestas cabrón!- decía la voz detrás del auricular. Era Masa, mi profe, mi amigo, que por todo reclama. -¿Qué pasó güey?- le digo. ¿Por qué no se vienen a mi depa y cotorreamos?- me sugiere. –Pues es que ya estamos cenando carnal- le explico. Masa resuelve: -Pues que se los envuelvan para llevar, se lo traen, pasen por unas chelas, yo te pago aquí. Me gusta el plan. Colgamos. Le cuento a Carlo la idea, -¡Oh, sí, yo quiero… me parece… I think it’s a good idea man!- exclama.
El medio kilo de fajitas nos lo llevamos… pero puesto, no quedó nada en el plato. Le pido que me siga. Nunca he ido al departamento de mi sensei pero sé cómo llegar. Primero, la obligada escala, un six de Indios bien heladas y una bolsa de papitas. Las chicas del Oxxo no le quitan la mirada a Carlo, como si lo conocieran, o lo hubiesen visto en una película, “La Momia” tal vez. Que ¿Cuánto es? No pues que 64 pesos, No carnal yo pago, Aquí tiene, Recibo 100, 36 cambios. Mientras la chica guarda las cheves en una bolsa me pregunto porque al cambio que te dan en una tienda a veces lo dicen en plural: “Cambios”
Vamos por la ciudad, vuelta a la derecha en Colón, izquierda en Las Torres, Carlo sigue mi cochecito rojo en su troca verde con placas de Texas. Nos sumergimos en el nebuloso mundo de la Jiménez Gallardo, pinches focos de la calle, pa que los ponen si no los prenden, “En el ISSSTE te das vuelta a la izquierda” me había explicado Masa alguna vez. Ya está, la vuelta, al fondo los edificios, casi llegamos, oiga poli el edificio 13, no pues que al fondo a la izquierda, ahí búsquele el numerito, chido, gracias.
La estacionada, no veo el número 13, -ahí está güey- me dice Carlo. Ya lo vi. No me acuerdo: depa 412 o 402. Creo que el 402. Nos metemos al edificio, subimos las escaleras y nos topamos con un muro que tiene dibujado un cerdito. Abajo dice “Marrana”, -¿Qué es marrana?- me pregunta Carlo, -Pig, le digo, -¿Y por qué lo escriben en el muro?- vuelve a preguntar; -No sé- le digo, -Tal vez así le dicen a Masa. Carlo, el gringo, mi amigo, se despedorra de la risa. Yo creo que el sensei nos escuchó, pues cuando llegamos al 402 se abrió la puerta justo antes del “noc noc, ¿quién es?”
-Welcome to my place- dice mi profe Masa, todavía con la mano en la manija de la puerta. –Ooooooooooo- escucho de Carlo, no se pudieron esperar ni tantito, empezaron a parlotear en japonés y no me quedó de otras más que buscar espacio en la mesa para poner las cheves. Ahí donde las puse ya había otros dos six de cerveza sol y como 4 bolsas de papitas y cacahuates.
Masa nos muestra el lugar, su cuarto y el de un amigo alemán que ahí vive pero que no estaba en ese momento. El anfitrión nos pregunta qué queremos escuchar. Yo le pregunto que si tiene a Dream Theater. -¡Claro que si!- dice, pelando sus ojitos rasgados. Pum, trarara, los tamborazos y guitarrazos, salud, chocan las botellas. Luego de un rato hice una propuesta ambivalente, que tenía mucho de positivo pero también de negativo: le digo a Masa que se ponga discos en japonés. Lo positivo es que por fin pude escuchar música de aquél lejano país. Lo malo es que a partir de ese momento me convertí en un mero observador de la tertulia.
Carlo sonrió con los primeros acordes que salieron de la Bocina. -Oh my god, I know that one! What’s the name of the guy? Masa se puso en pie y dijo algo que me sonó a Hashi Yiguchi, y enseguida movió su brazo como imitando a un guitarrista, sus ojos cerrados, haciendo tensión en el bíceps, y Carlo seguía la letra, hikyu yomi karikushi yo yo yo. Hablaron por horas, cantaron, rieron, y yo nomás mirando, con mi cheve calentándose en mi mano. De vez en cuando me acercaban los cacahuates o la bolsa de sabritones. Aun así, yo estaba contento, el show que daban era divertido.
Luego el Masa se me queda viendo, y cruza su mano derecha hacia la parte izquierda de su rostro, posando su mejilla en el dorso de la mano. Carlo explota en una carcajada y mi sensei también. -¡Ahora de qué chingaos se están riendo!- les digo, francamente divertido. –Esto, en Japón- me dice Masa, refiriéndose al gesto que acababa de hacer- quiere decir lo mismo que en México significa esto:- y hace la mímica de alguien que se está enterrando un puñal en el pecho. -¡Peeeeendejo!- Le grito.
-Cheers man- me dice Carlo. Salud pues. Me incorporan a su charla y el tema fue uno que a los hombres casi no nos gusta discutir: mujeres. El gringo, el japo y el meshica hablando de mujeres. Cuando se habla de ellas no importa el idioma, la nacionalidad, ni si tenemos maestrías o si somos contadores o ingenieros.
Las horas se llevaron con ellas nuestras energías, y nosotros nos llevamos puestas las cervezas a la calle, no sin antes darle un abrazo al sensei, que descanses, aquí tienen su casa, ¿por qué no nos habías dicho nada? Ahí afuera nos esperaba el asfalto frío, los semáforos que con sus colores brillantes indican algo que nadie ve a esas horas. Encuentros, factorías de nostalgia, noches superfluas que rellenan huecos del nomeolvido, personas que asisten a la cita del destino. Un encuentro es quizá una neurona que se enciende dentro del cerebro universal, y que raras veces continúa prendida.

domingo, enero 28, 2007

Necrobiosis

Cuento

Yo no le tengo miedo a los muertos, señor. Ahora que he tenido tiempo para reflexionarlo, lo encuentro hasta menso. Ellos están allá abajo, y dudo que con sus puros huesos se salgan de sus cajas y le ganen en batalla a los gusanos. Todas esas historias de que viene la calaca y le jala a uno las patas me suenan a puritito chiste, la verdad. Dígame usted ¿qué utilidad puede tener para un muerto el venir a hacernos la vida imposible? Ni siquiera creo que se sientan solos, al menos no más que nosotros. Lo sé pues lo que hice me lo ha dejado bien clarito. Si hablamos de la muerte, pues tampoco le veo ya importancia a andarle teniendo miedo, que no nos vayan a atropellar, que no te vayas a pescar una salmonelosis comiendo tacos en la calle, que el sida ese que dicen en la tele, que si los terroristas te la provocan. ¿Se fija usted? ¿De donde viene la muerte? A ver, dígame usted; de los que estamos vivos, ¿Que no? Esas historias de la llorona y los chaneques me vienen vuelta y vuelta a la cabeza en estos últimos días y ya hasta risa me dan. No me arrepiento de lo que hice, se lo he de confesar, pero sí me duele el darme cuenta de lo que una es capaz de hacer. Aquí hay muchas que llegaron en la misma circunstancia, y a una le hacen creer que llegaste al meritito infierno, pero ¿cuál infierno, señor?, ¿cuál? Hasta ahorita no veo que este sitio sea pior que allá afuera. Hasta segura me siento. Ahorita si me dejan salir, verá como viene mi suegra con ganas de desplumarme. A esa si que le tengo miedo, ni qué decir de mis cuñados. Yo sé lo que es tener miedo señor, y por eso le digo que no le veo chiste andar escondiéndonos de los muertos. Llevarles zempazuchil y la ofrenda el día de muertos pues es re bonito. A mi papá le llevamos sus tlacoyos de habas y frijoles cada año, y ¿sabe?, nunca se los come. El año pasado nos descuidamos tantito y un perro se trepó a la mesa y se los tragó todos. Cuando mi hermana lo vio, el canijo perro se había tomado hasta el agua de horchata que de por si ya estaba mosqueada. ¿Pero cree usted que esas ofrendas son por que les tenemos miedo? No señor, es porque los veneramos. ¿Qué cree usted que me pueda hacer mi papá ahora que está muerto? Ya todo lo hizo cuando estaba vivo, nos crió y nos daba consejos, muy a su manera. Nos pegaba de chiquitas, pero era para educarnos, señor. Y aunque sabía porqué nos pegaba, no lo niego, me daba miedo. También mi marido me daba miedo, y por eso hice lo que hice. Ahí donde trabajaba yo, en la panadería, cada 14 de febrero hacíamos intercambio de regalos. Yo no soy mala señor, se lo juro, es el mundo el que nos va volviendo endemoniados. Le decía de los regalos, siempre me dieron cosas bonitas, un juego de toallas para el baño y un mantel que Claudia, una de mis compañeras, dice que tejió a mano. ¿Usted cree que si yo fuera mala se estaría tomando esas molestias? Ahí me decían las muchachas que yo era re buena gente. Perdón licenciado si se me salen las lagrimas. ¿No trai un clinex? Gracias señor, o licenciado, ¡ay ya no sé! ¿Cree que si fuera mala me daría este sentimiento? Todos me querían licenciado, todos menos Antonio, mi marido. Hasta siento que mi suegra me guardaba algo de respeto por andarle aguantando a su hijito todas sus jaladas. Ahora tengo mucho miedo licenciado, de mis cuñados, de la gente de la colonia que ahora me desconoce, de mijo Toñito, que ya se habrá enterado de lo que hice y vendrá de regreso de allá de Estados Unidos. Siento miedo de mi misma señor, por lo que hice, por las causas que me llevaron a cometerlo. Se lo juro por dios que no fui yo la que le sorrajó la olla express en la cabeza. Algo me salió desde adentro, así como le decía, un demonio, uno que traía adentro yo creo desde que nací, porque no creo en demonios señor, no creo en esas cosas que dicen, que viene el chamuco y se posesiona y esas cosas. A mí no me posesionó nada más que las ganas de terminar de una vez por todas con esto. No lo raciocinaba licenciado, ¿así se dice, raciocinar? Usted disculpe, pero ¿qué creé que tenga en la cabeza una mujer en el momento de estarle destrozando la choya a su marido con una olla express? Le tenía miedo a mi marido pues, porque se ponía borracho cada vez más seguido. Perdóneme si otra vez como que lloro, pero mi arrepiento de no haber escuchado a mija Andrea cuando me decía que Antonio la molestaba. Me decía que le hacia cosas y yo me ponía como energúmena, hasta la llegue a cachetear por decir esas calunias contra su padre. Luego no nos hablaba la niña, andaba todo el tiempo como de genio, señor, triste, y yo ni la tomaba en cuenta, no quise ver, ni sus moretones me convencieron. No quise licenciado. Una noche que fueron los amigos de Antonio a la casa, escuché cómo se burlaban de él, le decían que tenía bigotes de marrano y se lo chesquiaban, luego el compadre Ramón le decía que era re puto y re pendejo, que cómo se dejaba que yo lo mangoneara. Pero señor, yo no mangoneaba a mi marido, creo que era justo decirle que mínimo si se iba a ir de briago no se gastara lo de la comida, y se lo pedía de buena gana. Pero esos amigos borrachotes de él sí que lo mangoneaban fíjese, y venía y me agarraba a guamazos a mí. Cuando le dije que esperaba otro niño, uuuuuy señor, ¡pa’ que le dije!, me golpeó hasta que se le fueron todas las fuerzas. Fui a dar al hospital y la criaturita acabó molida en mi panza. Me la sacaron y el doctor me decía que tenía que denunciar a mi marido. Debí hacerle caso, pero no, porque tenía miedo, y además, ya ve, y con todo respeto para usté, pero las autoridades nunca hacen nada. Estaba cansada de todo señor. El día que lo maté llegué a la casa a la hora de la comida. Venía del mercado. Antonio estaba encima de mija Andrea, la tenia encuerada y llena de golpes por todas partes. Mija gritaba y gritaba. Señor, esto es muy doloroso, de verdad, tuvo que haberlos visto usté tirados ahí en el suelo de la cocina, mi marido violando a mijita Andrea, pegando gritos como de burro en celo. No lo pensé señor, no lo reflexioné ni tantito, agarré la olla express que había puesto antes de ir por el mandado, así caliente como estaba, con los frijoles y toda la cosa, y se la sorrajé una y otra vez en la cabeza, así, mire. Me salí de mi señor, creo que hasta baba echaba de coraje, y al volver en mi, ví la cara de Andreita llore y llore que me decía toda costernada "¡Ya lo matastes ma, ya, ya párale, íralo como lo dejastes!" Y si, eso no parecía una cabeza, lo dejé como perro atropellado. De pronto la olla me pesaba. Antes no pesaba nadita, porque me vinieron unas fuerzas todas juntas que no creo volver a sentir nunca señor. Me sentí cansada, solté la olla y abracé a mija. Ni siquiera habíamos pensado en lo que iba a suceder después, pero yo me sentía liberada ¿sabe? Aunque esa calma no me duró nadita, porque mija me miraba con unos ojos como que echaban chispas señor licenciado, como que me agradecía pero me desconocía. Me tenía miedo licenciado. En eso llegaron los polecías, nos preguntaron cosas y yo pues les dije lo que había pasado, que mija era inocente, que no le hicieran nada. Ahora que lo pienso, los gritos habrán hecho que algún vecino cogiera el teléfono y llamara a los cuicos. Por eso le digo, que ya no tiene chiste tenerle miedo a un muerto, y menos cuando sé que fui yo la que lo maté. Por eso hace una lo que hace señor, por que está viva. Ahora si me muero es de seguro por todos los que están vivos que ahora me querrán ver muerta: mi suegra, los cuñados, los vecinos. Porque me tienen miedo. Es a los vivos a los que les tengo miedo señor licenciado. Los muertos, incluso Antonio, están descansando cada quien con sus huesos y con sus gusanos. Una aquí se tiene que ir pudriendo como pueda.

jueves, diciembre 07, 2006

Región Sin Dónde

Aeropuerto de Monterrey. Espero que la banda maletera se ponga en movimiento. Los pasajeros del avión nos apretujamos todos para ver si pasa nuestro equipaje, y luego, a base de corteses empujones, abrir un hueco para rescatar la maleta de la banda y ponerla en tierra firme.
Una chica y yo intercambiamos miradas. ¿Cómo le hago para mirar esa belleza sin que piense que me la quiero ligar? Tengo dos opciones: la miro, y si me cacha me volteo para otro lado y me hago bien güey; la otra opción es no mirarla. No la miro, no la miro, y… la curiosidad me hace voltear a verla. Ella me está mirando. Pienso para mis adentros: “¡ya güey, no guts no glory!”. Me decido a comentarle algo. Pero cuando estoy a punto de apostarme a su lado, entre ella y yo se planta un joven ejecutivo de lentes y acento extranjero y le empieza a hacer la charla. ¡Vale madre! Bueno, al cabo que ni quería. Dejo de verlos. Se nota a leguas que el tipo se la quiere ligar. Pasa por la banda un maletón monumental y la chica dice “Esa es la mía” y el tipo le dice “Te la paso” y casi se va de espaldas con todo y equipaje (a mí me hubiera pasado lo mismo, seguro). Logra ponerla en el suelo y le hace algún chiste que a ella no le produce gracia. Luego él le pregunta si sabe dónde tomar un taxi. Ella no sabe. Yo tampoco sé, pero me meto en su conversación y les digo “pues aquí los tomas afuera carnal”. Me arriesgo un poco y digo “¿Alguno de ustedes va pa’l centro? Podemos compartir el costo, aquí está bien caro” El tipo me dice que no, que gracias. La chica me mira de frente a los ojos y me pongo nervioso, chiquita no me mires así. Decide que no, va para otro lado, pero que gracias. Chale, ni modo.
Sale mi maletita. Me cuestiono el porqué tuve que documentar esa cosa cuando nomás traía un par de playeras, calzones y libros. El taxi me sale en una fortuna, canija morrita, nos hubiera salido más vara y además seguro me enteraba al menos de tu nombre.
Se llama Omar o Pedro el taxista que me llevó al centro. Me preguntó que a qué me dedicaba y le dije que soy profesor y escritor. Me dijo “no mames, estás muy morrito pa las dos cosas”. “Ja” le digo sin ímpetu. Le digo que doy clases de política internacional. Me pregunta luego, dado que estoy “metido en la pinche política”, cuál es mi opinión sobre el Peje. Tan pronto terminó la pregunta comenzó él mismo a responderse. Me puse socrático, a mirarle los ojos que el retrovisor me devolvía, a rascarme la barba como si estuviera asimilando cada una de sus palabras. Total que no me dejó decir nada y él mencionó exactamente lo mismo que un montón de gente piensa, “¡que ya deben parar a ese cabrón!”
Me tiró en la Casa de Cultura, en la Avenida Colón. Mi amigo Arcadio Leos me había invitado a la presentación de un libro de poemas. Me convenció con el argumento de que habría escritores, café y galletitas. Me meto al lugar y pregunto que dónde será el evento. Un poli me dice que ahí mismo, que me siente, que al rato empieza. Me siento, con mi maletita de un lado y mi compu del otro. No había nadie más que yo y tres viejitos. Diez minutos después había 15 viejitos. Cuando la cifra de ancianos llegó más o menos a los 40 le mandé un mensaje a mi amigo Arcadio que decía más o menos así: “Carnal, ya llegué y aparte de mí hay puro pinchi viejito, y ninguno tiene la facha de escritor. ¿Estás seguro que es aquí?” La respuesta de mi amigo Arcadio decía “Ja ja ja”.
Minutos después escucho a una señora preguntar que si ahí era la presentación de un libro. El poli que me tuvo ahí sentado media hora le dice que no, que la presentación era en otro edificio, en el piso de arriba, que ahí iba a tocar un grupo de tangos. Me levanto y le digo al poli “¡Qué pasó, a mi me dijo que el evento era aquí!” Se ríe, saca la lengua y la prensa con los dientes, se ajusta la gorra, se frota la barriga, todo esto como preparación para decirme “No, es allá”.
Llego a donde parece que será la presentación, a juzgar por las dos cafeteras puestas sobre una mesa. Me recibe una mujer bajita y robusta y se presenta como María Belmonte. Ramón Santillana Muchogusto. Me pregunta por qué ando cargando maleta. Le digo que vengo llegando, de Toluca. “¡Ah sí, Toluca, de ahí son los de Puerquerama!” me dice entusiasmada. “Sí, los de Puerquerama” digo yo. “¿Qué si los conozco? Pues tantito, algunas viejas anécdotas juntos, etc.”
Aparece un tipo, como ninja, no lo vi llegar, tiene tres libros en la mano y me pregunta mi nombre. Le digo Ramón Santillana Paraservirle. Abre uno de los libros, apunta mi nombre, la fecha, el lugar, y pone alguna frase medio poética. Me da el libro y las gracias. Intercambia algún chiste local con María la bajita y se va. “Chale” le digo a María, “¿Y este qué?” Me contesta: “¿Cómo que y qué? ¡Es Hugo Valdés, uno de los grandes escritores de Monterrey!” Se me sale un “Ah”. Encojo los hombros.
Aparece por la escalera mi amigo Arcadio con un trajecito azul claro muy estilo campechano, o yucateco, sepa la madre. Nos damos un gran abrazo, desde Tijuana que no nos vemos. Me presenta a un hombre, bajito, moreno, cuarentón. Es Margarito, el poeta.
Atrasito llegó Uberto Stabile con un paquete de libros. Todos eran ejemplares de “Región sin dónde”, una antología de poetas neoleoneses. María nos invita a todos a la sala, empezará la presentación del libro, me sirvo un café en vasito de unicel.


Margarito, el poeta, va leyendo palabras al micrófono mientras le doy traguitos a mi café. A mi lado está el buen Arcadio, le comento que el café está bueno, aromático, que voy por otro.
Abandono la sala y el sonido del café que llena mi vaso se confunde con la voz de Margarito. “¡Mocos!”, pienso, me acordé que mi otro amigo, Daniel Varela, me iba a recoger ahí en la casa de cultura. Voy con Arcadio, “Manito, ahora vengo, voy abajo, a ver si ya llegó un cuate al que quedé de ver aquí”.
Bajo las escaleras y al pie de las mismas hay un tipo gordo, cachetón, bizco y una sonrisa que parece haberla tenido ahí puesta desde que nació. Al verme pasar me dice “¡Qué onda, ¿Cómo estas?!” Me detengo y lo observo. A este bato no lo conozco. Pero él me agarra de los hombros y me dice “¡Qué gusto verte!” No sé a cuál ojo mirarle, me sacude ligeramente y tira tantito café que llevo cargando en la mano. Solo se me ocurre preguntarle “¿Vienes a la presentación verdad?”. Me dice que sí. Le indico que es arriba, que se apure, ya empezó, que hay café pero no han puesto las galletitas, que ahorita lo veo.
Salgo del edificio y camino hacia la calle. Paso a un lado del salón donde originalmente me senté. Veo puras cabecitas blancas que aplauden a tres muchachos que justo han terminado la ejecución de un tango. El Poli de hace rato está parado en la banqueta, con los dedos pulgares metidos por debajo del cinturón, en un aparente estado de alerta. Se balancea con los pies, apoyando todo su peso primero en los talones y luego en las puntas, sin parar, una y otra vez. “Oiga Poli”, le digo, “¿No ha visto usted a un chico alto, güerito, con cara como de estar buscando a alguien?”. Me contesta que no, que nomás está cuidando coches, porque luego vienen bándalos y se chingan los espejos, los limpia parabrisas, y que pues le echan la culpa a la Casa de Cultura. “Ya ya ya”, le digo. “Oiga Poli”, le vuelvo a decir, “Si viene un chico alto y güerito con cara como de buscar a alguien, pregúntele si se llama Daniel. Si es él, mándelo al edificio de allá atrás, no sea malito, y no me lo meta aquí con los viejitos”. El Poli saca la lengua, la prensa con sus dientes, se ríe y me dice “Órale güero, no hay pedo, yo se lo mando”. Zas, trato hecho.
Bien podría yo esperar ahí a que llegara mi amigo, pero ya me he perdido bastante del discurso del poeta Margarito, se supone que a eso fui. Subí y entré de nuevo a la sala. Margarito había callado. Ahora estaba hablando una chica que se llama Rocío, quien al parecer tuvo mucho que ver en la publicación del libro que esa noche se presentaba. “¿Qué onda con tu cuate?” Me dice Arcadio; “No pus no llega” le digo.
Ahora Uberto Stabile toma el mando del micrófono, y comienza a narrar las peripecias que lo llevaron a publicar ese libro. Al parecer, llevaba ya varios meses de haber salido en España y apenas ese día era su estreno en México. No quiso hablar mucho, y más bien cedió la palabra para que los poetas que estuvieran presentes, cuyos textos habían sido incluidos, pasaran y leyeran algo de su obra.
Zas, el Margarito adopta la actitud de “yo voy primero” y se lanza recitando versos. Aplausos. Distinguí entre la concurrencia a mi nuevo amigo, el gordo bizco, ¡Qué aplausos daba chinga! Luego pasa la señora Nomeacuerdo, un poema, ¡aplausos!, otro poema, ¡más aplausos!, “No venía preparada, pero les leo otro más”. ¡Ingue su… otro más! Se abre la puerta y se asoma la cabeza de mi amigo Daniel Varela. Qué gusto verlo, mas de un año sin saber nada de nada, y de pronto asoma su cabeza por la puerta. Voy a saludarlo antes de que entre al salón, el abrazo, “¿Qué haciendo viejo? ¿El Poli te dijo o llegaste aquí solito?” le digo. “Me explicó el Poli, uno gordito, ¿Y esas greñas?” Me dice mirando los chinos que tengo en la cabeza. Me río y no contesto. Lo invito a pasar y a que se siente, “Están leyendo poemas estos batos, a ti que te gusta tanto, a ver qué opinas” “Órale órale” me dice.
Nos sentamos y en ese momento está recitando una chica un poema. No entendemos nada, suena así como “i anhor, as fores e gardin tan istes po u arhida” Varela me echa una mirada llena de extrañeza, diciendo muchas cosas con su expresión, diciendo “¿no mames que está gangosa ésta mujer, a poco a esto me trajiste, acaso tu le entiendes?” Me encojo de hombros. Daniel se cruza de brazos y se queda mirando al suelo, como queriendo poner toda la atención posible a lo que dice la poeta gangosa. Cuando esta termina el público estalla en un aplauso. El bizco hasta se puso de pie, ¿neta le habrá entendido?
Margarito vuelve a tomar el micrófono, y nos invita a todos a pasar a la sala de al lado, “a tomar café y galletitas y mirar los libros”. Veo que Uberto Stabile sigue la misma dinámica que el escritor de hace rato: Le pregunta su nombre a alguien, luego lo apunta en el libro, agrega una frase, y se lo da a la persona en cuestión. La única variante es que hay que darle 100 pesos a cambio de su gesto. Si la chica del aeropuerto hubiese compartido taxi conmigo, además de conocer su nombre y quizá algunos otros detalles, tendría esos 100 pesos para comprar el libro, buscar los poemas de la gangosa y ahora si entenderles.
Presento a Daniel con la raza. Intercambiamos cualquier comentario frío como para romper el hielo. Él y Arcadio se ponen a platicar de poetas y otras cosas, y yo estoy cotorreando con una morrita que se llama Susana, coqueta, que dice ser asistente de Margarito. Trabajan en algún órgano de difusión cultural del Estado de Nuevo Léon. María Belmonte, la bajita, me presenta ante varios como “el escritor que vino de Toluca”. “Chale”, le digo, “suena como a La mujer que nació para cantar, o La música que llegó para quedarse.”
Varela me pide que nos vayamos, que tiene hambre y que se está haciendo tarde. Orales, nos vamos pues. Me despido. Arcadio y Margarito me dicen que al otro día este último presentará otro libro de poemas, que estoy invitado. Sale, gracias. El bizco me da un abrazo, también María. Susana no solo eso, sino que me hace memorizar su correo electrónico. Salimos de la Casa de Cultura hacia la calle, la noche, las luces del centro de la Región sin Dónde.

domingo, noviembre 12, 2006

Palabras

…las palabras nos enseñan
lo que nunca aprenderemos
Fito Páez

Llevo horas sentado frente al ordenador. Estoy seguro que he escrito miles de palabras. De todas ellas, son más las que he borrado que aquéllas que siguen en una hoja blanca virtual. En ese sentido, los humanos somos todos la palabra de Dios escrita sobre una hoja que alguna vez fue blanca y estuvo limpia. Algunos permanecemos en ella. La inmensa mayoría han sido borrados ya. Los que aquí seguimos corremos vertiginosamente por la piel de papel hacia algún destino incierto.
La palabra arrojada al estanque como piedra que genera ondas. La palabra como ficha de dominó que empuja a otras hacia una inevitable caída que genera un caminito sórdido y sinuoso. La palabra como cuentas de rosario, un Ave María que se reza una sola vez y que jamás volverá a ser pronunciada. La palabra como flor que ocupa un sitio en el espacio. La palabra como un vaso que contiene agua, un cuerpo que alberga vida, una roca en el desierto que no vive, ni respira, ni piensa ni se queja. La palabra está, aunque nadie la mencione. Compone un paisaje en el desierto aunque no haya nadie que lo mire. La palabra que abre y cierra puertas, permite que el viento entre por la ventana y remueva los papeles, las sábanas, las incertidumbres. La palabra requiere de muchas horas de cocción, masticarla suavemente por los siglos de los siglos, desplumarla con presteza y lentitud, y ni aún así logramos comprenderla.
La palabra significa tantas cosas como tantos labios la pronuncien. La palabra labra surcos, entierra vivos, condena a los desprotegidos. Alivia, enternece, humilla. Las palabras aglutinan. Nos convencen. Forman argumentos para dejarnos indefensos. Las palabras se forman de letras, pero antes fueron compuestas por sonidos. La palabra es música, ruido. La palabra …silencio. Las p a l a b r a s nos dan la sensación de espacio. Hay palabras grandes, palabras pequeñas. Palabras sabias, palabrotas. Las palabras y los hombres, escritos con tintas de colores, quizás por simple apreciación estética o por escasez de recursos.
Hay palabras como Dios, que para todos se escribe igual, suena igual, se pronuncia para señalar la misma cosa, vive en el mismo lugar y ha recitado el mismo discurso eternamente. Pero nadie se queda conforme. Todos la quieren escribir. El de aquí apunta Dios en una hoja. El de allá apunta Dios también, al lado de la otra palabra Dios. Dios Dios. Nadie se queda conforme, nadie soporta leer la misma palabra repetida, y mucho menos consecutivamente, en la misma hoja y en el mismo renglón. Una de las dos debe morir. Borramos una. Ahora dice simplemente Dios. De todas formas, nadie quedó conforme. Tenemos la palabra Dios desperdigada por todo el párrafo. Incluso si borramos todas las palabras Dios, esta hoja quedaría al borde de la muerte a causa de tantos borrones.
A pesar de todo, hay palabras que nada dicen, que nada enseñan, que son como un alarido en un espacio donde no hay aire que transmita sus ondas. Hay palabras que no debí escribir. Hay otras que no supe escribir. Hay palabras que no encuentro, que se me perdieron, que me las robaron. Hay infinidad de palabras que no conozco, que nunca usaré, que no me enseñarán ni explicarán nada. Hay cientos de miles de millones de palabras escritas en libros que nunca leeré, en labios de gente que no conocí, que ya fueron borrados de ésta hoja. Hay palabras en la boca de un hijo que todavía no tengo. Palabras dichas por la lengua de un abuelo mucho tiempo antes de que yo fuera escrito. Nazco con cada palabra aunque no las respire, ni las huela, ni las toque. Escribo para nacer. No nací en el DF, ni en Toluca. Nací en una hoja de papel que alguna vez estuvo blanca y limpia.

sábado, noviembre 04, 2006

Nowhere

"En el largo plazo, todos estaremos muertos". Lo dijo un economista del siglo pasado, facineroso y duramente criticado. Poco importa lo que de él se haya dicho. Ya está muerto, su premisa se cumplió para si mismo, y estoy convencido de que así será para mí también.
El mirarme a diario en el espejo se ha vuelto un duro ejercicio de resistencia contra la ignominia y la pesadez de las labores cotidianas. “El ser y su insoportable levedad”, dijera un escritor checo. Hemos logrado organizar un sistema de vida que muy en el fondo me fastidia. A veces las circunstancias me hacen creer que fui convocado a la existencia única y exclusivamente para aprender a ganármela. Me parece una ridícula paradoja. Es común que entre nosotros preguntemos qué es lo que cada uno hace “para ganarse la vida”. Mi respuesta no le satisface a nadie: yo ya estoy vivo, no tengo necesidad de ganarme nada, hago todo aquello que me llena, escribo, hago canciones, leo libros, cierro los ojos y respiro el aire helado del volcán, veo a diario a mis alumnos, le doy los buenos días a la gente, amo a mis padres, a mis hermanos, a mis amigos. Todo eso ya me lo gané, ¿qué más quiero?
Elis Regina escribió en una canción: “Viver é melhor que sonhar”. Así lo creo. No me la pienso pasar soñando todo el tiempo. No tiene sentido pensar ni siquiera en uno mismo. Somos historia que fue pero también historia que vendrá. El conocimiento universal pasa a través de nuestros huesos y se transmite en todas las dimensiones hasta ahora descubiertas. Somos una columna de enanos. Por nosotros mismos somos incapaces de mirar más allá de nuestras narices. Sin embargo, vemos cada vez más alto y más lejos gracias a los hombros de tantos miles de millones de enanos sobre los cuales estamos sentados. Por eso me fastidia la rutina, el establishment cotidiano, la parsimonia, las cuentas por pagar, la burocracia, el pasar calificaciones, el escándalo en la calle, el esperar a que se desocupe el licenciado, la moda, la inauguración, las ventas de temporada, los descuentos, el “ya me miró feo”, el “¿qué haces para ganarte la vida?”. En el largo plazo todos, sin excepción, estaremos muertos.
En vistas de una verdad tan absoluta, ¿acaso no podríamos ser más amables los unos con los otros? El tiempo es una sala de espera, y lo que seamos capaces de hacer en ella será la única herencia para los futuros enanos que habremos de cargar sobre nuestros hombros, con todos sus aciertos y miserias. ¿Podríamos hacer el vivir más simple?
Podríamos. Pero somos humanos, así que no lo vamos a hacer. Es imposible ponerse de acuerdo. Cada uno jala una luz para velar a su propio santo, su propio miedo, su propio estilo y estrategia para acudir a su propia muerte. Aun así somos capaces de generar civilización, cimentar un conocimiento sobre otro, construir una idea abstracta en donde sólo existe el aire, la tierra, el agua, el fuego. Todo esfuerzo genera una energía, un momento. La soledad podría ser ese resultado de la fusión de los elementos.
Estamos bien civilizados, pero solos. Siempre lo estuvimos. Pero hubo un engaño que nos hizo sentir a salvo cuando la guerra estaba encima, nos hizo sentir acompañados cuando nuestra voz fue lo único que rasgó el silencio. Lo mismo ocurre ahora, en esta ciudad, en este tiempo, en esta hoja de papel en la que escribo, en la que vislumbro un punto final que se acerca, que ya casi alcanza su largo plazo, que sabe que nadie va a leer, que a nadie le importa en realidad, que sabe que el mundo está demasiado ocupado como para detenerse y descifrar las palabras compuestas de signos tecleados en un ordenador por un escritor que ya encontró el mejor lugar de la existencia en la que se puede estar: nowhere.

martes, octubre 31, 2006

Vestido de Diablo

Escogí para la ocasión un disfraz de diablito. En la tienda donde lo compré tenían de todo: lonjes moco, calacas, chupacabras. A mi me gustó ese traje rojo con colita. Me lo probé y me quedó perfecto. Además me vendieron pinturitas, una de color rojo y otra de color negro.
Por primera vez en muchísimos años me iba a poner un disfraz. Mis amigos y yo estábamos francamente entusiasmados con la idea. Era divertido pues. En ese entonces nadie se puso a reflexionar si era una costumbre gringa, o si estábamos contribuyendo al consumismo absurdo de temporada. No. La idea era ponerse algo para cotorrear en la reunión.
Era la primera fiesta de disfraces a la que acepté ir, principalmente porque era un asunto de puros cuates. El día de la cita me enfundé en mi traje y esperé a que llegara la que en ese entonces era mi novia. Ella llegó a mi casa vestida de Maléfica. Me ayudó a pintarme la cara de rojo, delineó mis bigotes y me puso cejas disque de malvado. Cuando me puse la capucha, surgió el primer problema: los cuernitos se hacían para abajo, como orejas de perro mojado. Por más que luché porque se mantuvieran firmes y erectos, éstos volvían a su posición de gusano escurrido. Además, se bamboleaban de un lado a otro mientras caminaba.
Aparte de mi novia y yo, salimos rumbo a la fiesta mi hermana y mis dos cuñadas. Llegamos a Zinacantepec, a la casa de mi amigo Robe. Nuestro anfitrión salió a recibirnos vestido de Freddy Krueger. Mi atuendo de diablo causó exactamente el efecto contrario al que yo esperaba: todos se rieron. No sé si porque me veía chonchito, o porque la capucha me apretaba el rostro y me resaltaba los cachetes, o por que al bailar cumbia con Maléfica los cuernitos hacían lo propio de manera anárquica y desenfadada. No supe exactamente, pero se rieron.
Todos adivinamos nuestros disfraces: el Roger iba de calaca, aunque el maquillaje de la cara parecía más bien el de un oso panda. Mi hermana era el espantapájaros, el Sach venía de drácula. Servando iba… en realidad no supimos. Traía puesto un traje gris y corbata negra. Se pintó una especie de antifaz en la cara, y se peinó de raya en medio. Le preguntamos que de qué iba su disfraz y como respuesta obtuvimos un “Pues a ver, adivinen”. Tras varios intentos fallidos, alguien finalmente exclamó: “¡Ya sé, ese güey viene disfrazado de gutierritos!”. Estalló la risa y el aplauso, descubrimos el disfraz. Por más que Servando insistió en que su disfraz era el de “un muerto”, no le hicimos caso. Desde entonces todo el mundo lo saluda por la calle llamándole “Qué onda Gutierritos, ¿Cómo estas?”
Sin embargo, la mejor parte de la historia estaba aun por llegar. Maléfica tenía su propia fiesta de disfraces con su grupo de amigos. Nos despedimos de donde estábamos y nos dirigimos la espantapájaros, las brujas de mis cuñadas (así iban disfrazadas), Maléfica y yo hacia la otra reunión.
En paseo Tollocan nos tocó el semáforo en rojo. Como suelo hacer en esos casos, me frené. A la espera de la luz verde estábamos todos, comentando los disfraces de mis amigos, riéndonos del recién descubierto gutierritos. A todos nos agarró desprevenidos un rechinón de llantas seguido de un buen golpe propinado a la defensa trasera de mi coche. No fue muy duro el impacto, pero eso no dejó de zarandearnos un poco. Me enfadé y exclamé, “¿¡Pero qué no ve este güey que estamos en alto!?”
Me deshice del cinturón de seguridad y bajé del auto vuelto una furia. Cerré la puerta y me acerqué al auto de atrás para encarar a su conductor. Este tenía cara de sorprendido, con las manos bien aferradas al volante. Pero al acercarme algo sucedió, sentí un tirón por detrás que me impedía avanzar. Me volví para ver qué es lo que pasaba y descubrí que la cola de mi traje de diablito se había quedado atorada en la puerta. Con el enojo olvidé que aun traía puesto el disfraz. Abrí la puerta de mi carro para liberar la cola, y al hacer eso, las carcajadas de Maléfica, las brujas y el espantapájaros inundaron la calle. Eso logró que el coraje se me quitara, pero pues no podía ir a encarar al otro automovilista así, todo tranquilito. Así que fingí cara de re bien encabronado, agarré mi cola con una mano y con la otra cerré la puerta. Me volví a acercar al otro coche. Para este momento, el conductor ya se había bajado, y a juzgar por la cara que traía, noté que a todas luces estaba evitando soltar una carcajada.
Dentro de su coche divisé la silueta de dos niños chiquitos que me señalaban. El tipo me pidió disculpas. Le pregunté que si estaba bien, que si nadie en su coche se había lastimado. En ese momento ya no pudo más y se empezó a cagar de la risa. Me asomé a la defensa de mi auto y noté que no había pasado nada. Le dije que pues al parecer no había bronca. Noté que ni siquiera la capucha me había quitado. Agarré uno de mis cuernitos y me eché a reír. Todo era risas, el tipo y yo vestido de diablo en la calle, risas en mi carro, risas en el carro de él. Parecíamos todos unos idiotas.
Fue hace más de seis años, mi mejor día de jalogüin. Nunca me volví a vestir de diablo.

domingo, octubre 22, 2006

La boda del primo Joel

Seguro que es igual en todos lados, de reversa, mami, agachadito, un, dos, tres, por aquí y por allá, el estándar es el mismo, arriba, abajo, la tía baila, está contenta, se ve linda vestida de azul, ¿está borracha? No sé, no importa, no quiero saber, hoy se casa Joel, todos alzan las manos, mueven las caderas, la pista de baile, colillas de cigarro aplastadas, el grupo que toca, la chica guapa canta, el tipo gordo mueve la cintura, mi hermano con su copa en la mano, vino, tequila, jaibol, el postre pedorro, la crema de alcachofas que ya se digirió, el mesero que se llama Poncho y es de León; un pueblo que parece ciudad que se llama Atlixco y no estoy seguro de que exista, una pareja, corbatas, peinados desechos, las suculentas pieles que vienen de Puebla, del DF, quizás Veracruz, la iglesia semi-vacía, la fiesta repleta, arriba los novios, el vals, los abrazos, aún no sirven el pastel, afuera la lluvia, vestidos color rosa, vestido otra vez azul, piernas sin afeitar de una chica, un cronista que escribe sentado al lado de las bocinas, un platillazo, la cumbia, el beso de España, un niño chiquito que se hace el chistoso, mi tío se acerca a la mesa buscando su cuba, ancianos que ya se fueron, señoritas esperan la mano que invite a bailar, suave, suave, suavecito, otra señora de azul, muchacho de gris, copa de tinto en mi mano, cigarros que no me quiero fumar, la mesa número 10, Selena y los Dinos, mi primo es el novio que llora, espero el cafecito, ya huele, ya viene el mesero, tengo calor y una corbata roja, la charla con la prima, con Raymundo Sesma, el pintor que viene de Milán, se acaba mi vino, otra prima que no veo hace siglos, la miro de lejos, baila, me gusta su piel quemadita, que no se enteren los tíos, conozco a un bato que dice que canta y que dice ser mi primo, pido más vino, tiene espinas el rosal y mi alma está llorando, mucha gente que baila, pi pi pi piiiiii, mucha gente sentada que sigue el ritmo de la cumbia golpeando la mesa con los dedos, señora de lentes, chiquilla de rosa, muñeconas de rojo, no te voy a perdonar, lo que tú hiciste conmigo tú lo tendrás que pagar, un relato de boda instantáneo, como foto, recuerdo perenne, mi tío se levanta y se aleja, me quedo solito, escribo a mis anchas, Sergio el bailador acaba de llegar, mi hermano le da un trago al jaibol, ya bailó con su madre, la mía, el cencerro, micrófono escupido, la arena estaba de bote en bote, salud, ¡qué sed!, ídolos de la afición, mi hermano recibe una máscara de Octagón, le tomo una foto, mi hermana pregunta que a qué horas son, que a qué hora nos vamos y nada le digo yo, una chica preciosa se sienta en mi mesa, no quiero escribir, es momento de acción, ya llegó el swing, el rock n’ roll, el Rafa me dice que si me la pienso pasar escribiendo, la güera buenota baila con un niñito, otra vez salud, ¡qué pinche sed! ¿Dónde está el baño? Lupe, Lupe, Lupita mi amor, invito a bailar a la chica de negro, está muy linda, divina, me manda al carajo, ¿qué le hago? Me río, lo escribo: “la chica preciosa divina hermosa de negro me mandó al carajo”, otra más que se resiste a mis encantos, Macho, macho maaaan, In the navy, ¿vez? Toda la vida es lo mismo. Todas las bodas lo mismo. Mi padre, su traje gris, pasitos de mambo en la mano de ella, mi madre, los miro, uno son en la pista, lo gozan, se mueven los pies, se prenden y apagan las luces, mi padre, mi madre, la cumbia, mi primo Emilio está raro, algo trae, Ambra Polidori, la fotógrafa, me pregunta ¿por qué no bailas con mi sobrina? Ya la invité, no quiso, ¿qué le voy a hacer?, a bailar con la prima Daniela, con Elsa mi tía, con la mamá de mi primo Joel, vueltecita a mi madre, regreso a la mesa, traguito de whisky, me presentan a un tío, me disculpo, me voy para el baño, me entretengo con un platito repleto de cubitos de mango, me vuelvo y escribo, me siento cansado, que si ya nos vamos, el abrazo y despido, primo, te quiero, besos de ceniza, alma quebradiza, abrazo a la novia, sigue raro el Emilio, ¿se peleó con su novia? allá está la salida, el saco, el abrigo, ¿dónde dejé los cigarros? Ahí nos hablamos, pintor, ¡mucho gusto!, señora, hasta pronto, ¡qué güeva de aquí hasta Toluca!, se van con cuidado, hasta pronto, chau, chau…

domingo, octubre 15, 2006

Hay cosas que suceden

Planteamiento del problema
Para mí, esto que a continuación narraré empezó un domingo por la tarde. No fue nada grave. Con esto quiero decir que el mundo no se detuvo, ni los mares tomaron por asalto las ciudades. Aún así, hay cosas que uno prefiere que no pasen.
Recibí la llamada de un amigo que se llama Benja, -¿Bueno? -¿Moncho?, -Sí, soy yo, ¿quién habla?, -Soy Benja, -¡Ah!, ¿Qué pasó Benja?, ¡Qué milagro! –Sí si, hace mucho que no sabía de ti, -Así es carnal, así es. ¿Qué onda, qué pasó, pa’ qué soy bueno? –No, pues fíjate que me habló mi primo, el que vive al lado de tu oficina. Parece que algo le pasó al carro de Jaime. -¿Ah si? ¿Y algo como qué?, -No pues no sé, yo no he visto, me dijo mi primo que estuvo tocando el timbre y nadie le abrió, y no tiene el número de Jaime, entonces me preguntó a mí que si podía llamarle a su celular. -¿Y no te contesta? –No pues no, -Mmmta, chale, pues voy a darme una vuelta a la oficina a ver qué pasa, y luego busco al Jaime para decirle qué pedo. –Sale Moncho, estaría bien que te dieras una vuelta, te digo que no sé de que se trata, algo le pasó al coche. –Pues sí, a ver qué onda. Mil gracias por avisar carnal, nos estamos viendo. –Sale, hasta luego. –Bye. –Click. –Click.
Algo le pasó al coche de Jaime. Dos días antes, salimos él y yo de la oficina con rumbo al aeropuerto de Toluca. Ninguno de los dos le dio importancia al hecho de que su coche se quedó afuera, en la calle. En esa oficina trabajamos los dos, pero además, en la parte de atrás el buen Jaime instaló un departamentito donde vive desde hace un año.
Yo recordé que el coche se quedó afuera justo después de que colgué con Benja, ese domingo lluvioso. Jaime iba a estar fuera todo el fin de semana y yo no voy a la oficina ni sábados ni domingos.
-¡Puta madre!- pensé para mis adentros. Le dije a mi familia que no tardaba, que tenía que ir a ver el coche de Jaime. -¿Qué hay que verle a ese coche?- me preguntaron. –No, pues que algo le pasó, el pendejo lo dejó afuera todo el fin de semana, se me hace que ya le bajaron algo, a ver qué puedo hacer.

Contexto
Las cosas suceden en cualquier parte. Esto que ya empecé a contar sucedió en el municipio de Metepec, Estado de México. Supuestamente es un lugar de nivel medio-alto. En los últimos años han llegado a este sitio cientos de familias procedentes de varios lugares de la república, principalmente del Distrito Federal y del norte del país. La composición socio-económica de lo que antes era un pueblo ha cambiado drásticamente. Ahora le dicen “Ciudad Típica”. Cuenta con decenas, si no es que cientos de conjuntos residenciales, muchos de ellos de nivel francamente alto. Para los ricos, pues.
Abrieron un centro comercial gigante con tiendas de todo tipo, y alrededor han instalado tiendas de autoservicio nada modestas, ostentosas, una al lado de la otra. También trajeron agencias de carros, de cualquier marca, tipo, forma, tamaño y fecha de caducidad. Antes no se veía circular por aquí (y creo que por casi ninguna parte) esos camionetones que se llaman Hummer, jóvenes reliquias de la ingeniería militar que ante su inutilidad operativa en los campos de batalla, vieron un gran mercado en expansión en los bolsillos de los estúpidos nuevos ricos que pueblan ciertos municipios del país, entre ellos, Metepec, Estado de México.
En los límites de la “Ciudad Típica de Metepec” pusieron retenes de policías para controlar el consumo de alcohol de los conductores. En las esquinas se ve a los agentes de tránsito intentar controlar el desquiciado tráfico, provocado, en gran parte, por gente que maneja esos camionetones que ya dije, que rebasan en el carril donde no está permitido, que piensan que el rojo en el semáforo no es otra cosa mas que una mera recomendación. Cada cruce de calles parece desembocadura de dos violentos ríos que se encuentran. Hay tantos Mercedes Benz, Volvos, Audis, BMW’s, etc., que bien podría uno pensar que Metepec se ha convertido en la hoguera de las vanidades, o el día después de la llegada de lo Reyes Magos, y todos los niños adultos salen a la calle a presumir sus juguetitos.
Se vive tan bien en este lugar, la gente está tan tranquila y tan segura, que simplemente hacen lo que se les da la gana. Los más jovencitos llevan sus coches nuevos a estrenar justo afuera de los antros. Se acercan en sus Mini-Coopers, sus Toyotas, le suben el volumen a la canción de moda justo frente a la entrada del bar, antro o congal. Las jovencitas se bajan de ellos todas monas y sonrientes; horas más tarde se suben otra vez, en estado de profunda ebriedad, por lo general insultando al tipo del valet parking, que les abre la puerta, que les dice que se vayan con cuidado a casa.
Los más grandecitos hacen otro tipo de desfiguros. Se estacionan donde quieren, esté permitido o no. Por supuesto que está prohibido dentro de su idiosincrasia el dejar que el peatón cruce primero (Hace tiempo estuve a punto de ser arrollado por un BMW color negro, que se pasó el alto y además me tocó el claxon por haber osado atravesar la calle justo cuando él quería pasar). Es regla general el no mirar a los ojos a todo aquél que los atienda. A la menor provocación, oprimen con vigor y rabia el botón del claxon, sobre todo las señoras. Hacen lo que les da la gana, por que, finalmente, pues son ricos, ¡Qué chingás!
Nuestra oficina se ubica en una colonia de Metepec que es más bien clasemediera. Un día a la semana pasa un policía casa por casa, oficina por oficina, para solicitar una cooperación que puede variar dependiendo de la zona y del rango que el policía ocupe en la jerarquía de la corporación de “seguridad pública”. En este lugar, la palabra “cooperación” es sinónimo de “A Güevo”. El poli que viene a nuestra oficina nos pide quince pesos. Podría parecer una bicoca, pero si uno se pone a hacer cálculos, nada más en esta colonia debe haber unas dos mil o tres mil casas. Además, hay unos cuatro o cinco policías que resguardan la zona, así que el reparto de nuestras “cooperaciones” no le ha de hacer daño a ninguno de ellos.
Como se puede apreciar, se vive seguro, hay bienestar, hay para todos, por fin llegó la civilidad, sobre todo después de que abrieron la tienda “Liverpool”. Aun así, en éste idílico paraíso, hay cosas que suceden.

Recopilación de datos (Reconstrucción de los hechos)
a) Llegada al lugar de los hechos

Me dirijo de mi casa, en el remoto pueblo de San Buenaventura, hacia mi oficina, ubicada en Metepec. Llueve. Ya dije que es domingo. Son las 6 de la tarde. Además de conducir y escuchar la radio, pienso en las posibles combinaciones que el destino ha preparado para mí cuando llegue a ver el coche de mi amigo Jaime. Muy en el fondo, no quiero ver eso. Ni siquiera tengo ganas de ir a la oficina, ¡es domingo, son las seis de la tarde y está lloviendo, coño!
Estoy casi convencido de que algo le bajaron, los espejos, los limpiadores, o incluso las llantas. Dentro de mis más profundos temores está incluso la posibilidad de encontrar el coche todo rayado, con los cristales desechos, los asientos mojados y con cacas de perro por todos lados, sin volante y con cables colgando desde el sitio donde normalmente se instala un estéreo.
Estoy a punto de doblar en la esquina de la calle sobre la cual está la oficina. (¡Qué mala frase!) Ya doy la vuelta y a la distancia distingo un objeto con forma de raspa-hielo gigante, que frágilmente se apoya en tres ladrillos. Es el coche de Jaime. No sé por qué, de verdad no me lo explico aún, pero lo primero que pensé en ese momento fue en los 15 pesos del policía.
Me estaciono detrás de ese objeto que también se asemeja a un calcetín de bebé. Le doy la primera vuelta de reconocimiento. Lo miro por arriba y por abajo. Sé que se trata de un coche, pero en serio, sin llantas parece canastilla de rueda de la fortuna, o bote de tamales. Es como si a una persona le quitaran las orejas, o la mandíbula; no por eso dejan de ser personas, pero la sensación de extrañamiento sería inevitable.
El vecino de al lado está ahí, hincado, arreglando la manija del zaguán de su casa, la cual está a la izquierda de nuestra oficina. Al verme llegar se acerca y saluda amablemente. Comienza a hacerme la plática.

b) Primera ronda de declaraciones por parte de los testigos
Lo primero que me dijo el vecino fue: -¡iiiiiiiiii, le robaron las llaaaaaaaaantas!”. Hasta cierto punto, considero como algo muy positivo el hecho de tener vecinos tan observadores. Luego me dijo: -Mire joven, yo llegué como a la una de la mañana del sábado, y estaba todo bien, todo tranquilo. Luego como a las 8 de la mañana sale mi esposa a la tienda y regresa y me dice “Mira tú, ¡al vecino le robaron las llaaaantas!”, entonces que le digo “¡No manches hija!” y que me dice “Sí, le robaron las llantas, ira ve a ver”, entonces que salgo y nooooooo pus sí, ya no estaban las llantas.
Yo escuchaba su exposición, intentando disimular una risita que se me quería asomar. –Entonces pues todo pasó en la madrugada, joven-, concluyó el vecino.
Luego me dijo que tocó el timbre todo el día y que no le abrí. Le dije que yo no pude haberle abierto a nadie porque ahí no vivo yo, ahí vive mi amigo Jaime, quien estaba de viaje. A juzgar por la cara que puso, imaginé que en su mente se estaba preguntando: “¿Bueno, entonces este güey que hace aquí? ¿Cómo se enteró de que al coche le habían robado las llantas?”. Sin esperar preguntas le expliqué que yo ahí tengo mi oficina, que Jaime es mi amigo, y que el vecino de la casa de la derecha es primo de otro amigo nuestro que se llama Benja, y que fue éste último quien me contactó a mí para avisarme que al coche le había pasado algo.
Mi interlocutor se quedó pensativo, se rascó la nuca mientras le echaba una mirada a los ladrillos que sostenían al carro. No dijimos nada durante unos momentos. Yo también miraba lo mismo, con las manos en los bolsillos del pantalón. La lluvia era ligera pero constante. El vecino, cuyo nombre no recuerdo, rompe el silencio diciendo: -Sí joven, le digo que cuando llegué todo estaba tranquilo, el coche completo…-, y me volvió a repetir la historia.
Esta vez agregó que a su casa se habían metido cinco veces a robar, y que a la vecina de la otra casa, al lado de la suya, también se le habían metido unos rateros, y que incluso habían encerrado al perro en el baño, -¡Pinche gente! ¿No joven?-, me pregunta, medio indignado. –Pues sí joven, qué mala onda-, le contesto.
Le dije “joven” porque calculo que sería más o menos de mi edad, y como él me dice “joven” a mí…

Le llamé a Jaime por teléfono. Le conté todo lo que hasta ese momento había ocurrido: le bajaron las llantas y a cambio le dejaron unos bonitos ladrillos. Le dije que de acuerdo al testimonio de un vecino, el robo se había perpetrado en la noche del sábado para amanecer domingo. Jaime me pidió que de favor entrara a su casa y que buscara un juego de llaves que tenía escondidas, que con ellas entrara a su departamento y encendiera la luz, o dejara la tele prendida, o algo por el estilo. La cuestión era que Jaime no volvería sino hasta el lunes por la tarde, y su raspa-hielos se tendría que quedar afuera otra noche más, desolado y triste, sobre sus tres ladrillos. El plan era simular que alguien había llegado, no fuera a suceder que a los roba-llantas se les ocurra regresar.
Puse manos a la obra. Encontré el duplicado de las llaves. Luego fui al departamento, prendí la luz y luego la televisión. En ella estaban pasando un programa, un concurso de baile donde unos famosos (no puedo llamarles artistas) bailan con unos desconocidos. Me senté en un sofá a mirar las piernas de la famosa que se dejaba zarandear por un desconocido de cabello largo. Estaba yo francamente entusiasmado viendo a la mujer cuando sonó el timbre.
Me asomé y había un hombrecillo parado en la banqueta, agarrando con sus manos los barrotes de la reja. Salí a ver qué se le ofrecía. Se presentó, me dijo su nombre y también lo olvidé. Me dijo que era el vecino de la casa de enfrente, y como si yo no lo supiera ya, me dijo que me habían robado las llantas. Traía cara de enojado. Enfatizó, con cierto dejo de reproche, que estuvo tocando el timbre todo el día y que no le abrí. Tuve que explicarle también a él que las llantas no eran mías, que yo no vivía ahí. Como si no me hubiese escuchado, me dijo que no debía vivir tan aislado, que hay que conocer a los vecinos, que él siempre ha dejado su coche en la calle porque en la cochera solo cabe su camioneta, y que nunca le habían intentado robar nada. Se despidió.
Le hablé a Jaime para decirle que ya estaba todo en calma y bajo control, que estuviera tranquilo, que lo vería al día siguiente.
Decidí que ya era mucho para una tarde de domingo, así que cerré bien el departamento, la oficina, y me largué de ahí. Dejé la luz y la televisión encendidas.

c) Segunda ronda de declaraciones por parte de los testigos
Como dije en un principio, las cosas suceden y el tiempo no se detiene para mirar cómo se resuelven los problemas. El lunes por la mañana fui a impartir clases, y de ahí me dirigí a la oficina. Ahora el día está soleado y no entiendo por qué coños me siento tan contento. Quiero pensar que son mis alumnos los que me transmiten vida.
Al llegar a mi sitio de trabajo, observo con alivio que el coche de Jaime sigue ahí. Le echo un vistazo de reconocimiento y confirmo que todo sigue tal cual lo dejé en la noche.
No tenía ni diez minutos de haberme instalado frente a la computadora, cuando suena el timbre. Me asomo, y un tipo de lentes, delgado, con el ceño fruncido por el sol y los cabellos güeros se dirige a mí diciendo: -Buenos días, ¿no está el Jimmy?- Yo le contesto: -Fíjese que no, pero llega esta tarde. ¿Puedo ayudarle en algo?- Se puso una mano en la frente para taparse del sol, y me dijo: -Más bien vengo a ver qué fue lo que pasó, ¿ya vio que el coche de Jimmy no trae llantas?
Me llegaron dos pensamientos, uno malo y otro bueno. El malo fue: “¿Acaso todo el mundo piensa que no veo las cosas que ocurren? ¡Ya vi que al coche le robaron las pinches llantas!”. El pensamiento bueno fue: “Al menos hay alguien que sabe que no se trata de mi coche y que no soy yo quien vive aquí”.
Salí para hablar con el tipo. Se presentó. Lo único que recuerdo es que se trataba del Pastor de la iglesia. Repitió unas siete veces la frase “¡Qué terrible!” con la mano tapándose el sol de la cara, el ceño fruncido, mirando los ladrillos sobre los cuales flotaba el coche. –Pues sí, qué mala onda, ¿no?- le decía yo con desgano, las manos metidas en los bolsillos, mirándole a él mirar el coche. –Por favor dile a Jimmy que lo vine a ver, que si algo se le ofrece me busque.- me dijo con mucha amabilidad. Nos dimos la mano y lo vi alejarse por la acera, negando con la cabeza, como si se fuese diciendo a sí mismo “¡Qué terrible, qué terrible!”.
Volví a mis labores. Aproximadamente una hora más tarde, escucho la voz decrépita de una mujer que desde la calle exclama: “¡Yo los colgaba de los güevos a esos cabrones!”. Dejo lo que estoy haciendo, me levanto y me asomo. Afuera está la anciana que acaba de proferir tan dulce frase. A su lado hay otra mujer, de unos cuarenta años, y a su lado un niñita de unos diez, con su mochila a la espalda, una lonchera en una mano y la mano de la cuarentona en la otra. Abuela, hija y nieta mirando los ladrillos. -¡Ay arquitecto, perdón, pero qué feo que le robaron las llantas!- me dice la anciana, un poco apenada. Le dije que no soy arquitecto, que no son mis llantas. Afortunadamente se fueron rápido y no me hicieron mucha charla.

Resolución del problema (y algunos testimonios adicionales)
Fui por el “Jimmy” al aeropuerto a las tres de la tarde con treinta minutos. Cuando llegué ahí estaba él esperando, fumándose un cigarro. En el camino hacia lo oficina le conté que lo fue a buscar el Pastor, que se veía re’ cagado su coche puesto nada más sobre tres ladrillos, que seguro se trataba de unos novatos los que habían perpetrado el robo. El tráfico era caótico, ya que en las cercanías del aeropuerto estaban terminando de construir otro mega centro comercial, así que había muchos trailers y camiones yendo y viniendo.
Llegando a la oficina, lo primero que hizo Jaime fue mirar por todos lados el coche, sacar algunas conjeturas, frotarse la barbilla con una mano, y decirme –¡No mames, esto no lo hicieron unos novatos!- Yo insistí en que sí, que cómo alguien se arriesgaba tanto por unas pinches llantas viejas.
Sin hacerme mucho caso, Jaime entró a la oficina y se echó un clavado en uno de sus cajones. Sacó de él una tarjeta con un número de teléfono, y marcó a la agencia de coches que le corresponde a la marca de su auto. Sin mucho preámbulo pidió el precio de un juego de rines. Hasta ese momento recordé que las llantas traen rines. Jaime apuntó una cifra en la misma tarjeta en la que estaba el número. Dio las gracias a la persona con la que hablaba, colgó el teléfono, y me dijo: -Mira güey, ésto cuesta un sólo rin original, multiplícalo por cuatro, mas las llantas, son mas de doce mil bolas. ¡Esos cabrones sabían muy bien lo que hacían!- Ya no dije nada.
Por cuestiones propias de su trabajo, Jaime no podía esperar a que las llantas aparecieran solas. Insisto, si el mundo no se detiene, nosotros no debemos detenernos tampoco, porque entonces la desidia nos lleva, nos atropella, nos aplasta.
Le sugerí al “Jimmy” que fuéramos a una llantera que yo conocía en el cruce de Pino Suárez y Las Torres. Llegamos y nos atendió una muchacha que se llamaba Viridiana, coquetona ella, con todo muy bien puesto en su lugar. Hay nombres que, no sé por qué, no se me olvidan. Jaime escogió un juego de rines con llantas que salió muchísimo más barato que lo ofrecido por la agencia. Yo le pregunté a Viridiana qué hacía una chica como ella vendiendo llantas. Me dijo que eso es lo que le gustaba.
De regreso en la oficina pusimos manos a la obra. Jaime fue a buscar herramientas y yo comencé a bajar los neumáticos de mi coche. El vecino de la casa del lado izquierdo se asomó y me brindó un saludo, y luego le fue a dar la mano a Jaime, diciendo: -¡iiiiiiiiii joven, que le roban las llantas!- Jaime, sin hacerle mucho caso le contestó: -Sí, ya ve como es esto. Luego, el vecino le repitió a mi amigo la misma historia que yo le escuché la tarde anterior, que cuando él llegó… y que si le habían robado cinco veces… y que si a la otra vecina le encerraron al perro en el baño…
Logramos colocar las dos llantas que estaban del lado de la acera antes de que apareciera el siguiente vecino. Esta vez se trató de un muchachito que vive en la casa del lado derecho. Fue él quien llamó a Benja, que después me llamó a mí. Lo primerito que dijo, antes de decir “hola” o “buenas tardes”, fue: -¡Te robaron las llaaaaaaaaaantas!, ¡Hijos de su puuuuuuta madre!- Pensé en lo asombrosamente útil que suele ser la gente en ciertos casos. Dijo que la noche del robo su perro se la pasó ladrando, pero que “ese pinche perro ladra todo el tiempo”, así que no le dio importancia; que cuando vio las llantas pensó “iiiiiiiiii, ya le robaron las llantas al vecino”; que tocó el timbre y no le abrieron, que le habló a su primo Benja para ver si él podía avisarle a Jaime. Ah, lo olvidaba; también dijo: “¡Pinches culeros!”
El vecino y Jaime siguieron hablando de otras cosas que no escuché por andar apretando los taponcitos de la tercera llanta. En eso iba pasando una pareja de ancianos a media calle. Se detuvieron junto a mí, y el señor, un calvito él, me preguntó: -¿Y ahora qué? ¿Le robaron las llantas?- Sentí que se me calentaba la sangre. Completamente serio y mostrando abiertamente mi poca disposición al diálogo, le dije: -Se las robaron a él-. Señalé a Jaime. La anciana estaba bien agarrada del brazo del calvito; me miraba con curiosidad, enrollada en un chal color rosa. Mr. Calvito arremetió contra mí diciendo: -Pus con esos rines que le compraron va a salir pior-. Se dieron luego la vuelta y se alejaron de mí sin siquiera despedirse. Quise decirle una grosería, pero no se la dije, nomás la pensé.
El vecino seguía platicando con Jaime. Traté de escuchar lo que le decía. El primero le decía al último que un día, a su abuelito le habían robado una camioneta, y que a otra vecina, una que vive ahí cerca, también le robaron las llantas, pero dentro de su cochera. Concluyendo esto, se despidió y se metió a su casa a jugar con su perro, que curiosamente, estaba bastante calladito esa tarde.

Conclusiones
Una vez que cada llanta nueva tomó posesión de su sitio, nos dimos cuenta que al coche le había vuelto la personalidad. Ahora sí parecía un automóvil de verdad, como si a una persona sin orejas le hubieran vuelto a salir éstas. Jaime y yo guardamos las herramientas, pusimos en la cochera los ladrillos que ahora sobraban. Le comenté el breve episodio del anciano calvito. Se rió y me agradeció “por todo este desmadre”.
Sigo creyendo que nada de esto es grave. Ni siquiera importante. Pienso que incluso podría no tener ningún sentido escribir sobre el asunto. Pero ya lo escribí, así que permito que otro pensamiento me llegue y me diga que cualquier cosa que yo escriba tiene sentido, que en la vida a todos nos pasan cosas de las cuales sólo podemos elegir la manera en como habremos de tomarlas. Cuando uno decide ponerse a escribir, ni siquiera importa si aquello escrito es real o es mentira, o si me pasó a mí o le pasó a alguien más, o si ocurrió en Metepec o en Zapopan. Lo que importa es lo que esa escritura alimenta, el imaginario que se va nutriendo con los millones de ínfimas desgracias que suceden todo el tiempo, en todos lados a la vez. Esto que conté comenzó a ocurrirme a mí un domingo por la tarde. De no haberlo escrito, puede que no me haya ocurrido nunca.

Corolario
La siguiente ocasión en que el policía pasó por su cooperación, fue recibido por mi amigo Jaime. Éste le dijo que nunca le iba a volver a dar un solo centavo más, y que si no le parecía, que entonces se llevara a cambio unos ladrillos que ahí tenía guardados.