martes, septiembre 23, 2008

A ver qué pedo...

a Hugo Rodríguez

Tempranito. Domingo a las casi 7 de la mañana. Es mejor bañarse para no salir oliendo a mapache, racoon, chivo miado como dicen los viejos. Llegar a casa de Hugo, estar a punto de chiflarle pa que salga pero sale sin que le tenga que chiflar. Ya estaba esperando. Andaba inquieto el muchachón. Ese día corría su primer medio maratón y no había quien lo acompañara y yo, el Moncho, su compita le dice no te agüites amigo, que yo te acompaño, yo quiero ir a ver qué pedo.
Tanque lleno corazón tranquilo, pero la barriga mía seguía medio vacía y había que enfilar al De Efe, al chilango, a esa ciudad rara y oscura pero muy luminosa en algunas mañanas como la de ese domingo. Tan temprano ahí van los dos tolucos; uno a correr su primer medio maratón, y el otro, literalmente, nada más a ver “qué pedo”.
Deja el coche ahí en el banco mai. No, no pasa nada, es domingo. Que no te preocupes, ya lo he dejado ahí, no pasa nada. Sales. La avenida Reforma ya está cerrada y la caminamos Hugo, yo, y varia racita más. Siento nervioso a mi amigo y pienso “está nervioso este güey”. A esas horas el cerebro no carbura todavía. Soy de los pocos que no llevan ni tenis, ni pants, ni una playera que dice “XXVI maratón de la ciudad de México”. A la altura del Campo Marte vemos que se acerca una camioneta con un enorme cronómetro encima. Detrás de ella van tres negritos corriendo hechos un diablo. Son los tres punteros del maratón, el completito, el de los 42 kilómetros, que comenzó un ratote antes, cuando yo quizás todavía andaba en la regadera, en Toluca. Yo bien adormilado y aquéllos negritos a punto de arrancar su maratón. Yo en la carretera sintiendo el frío de la montaña colarse por mis pantalones, y esos negritos corriendo sus primeros kilómetros. Yo en Reforma preguntándome si estará bien ahí donde dejé mi coche, cuando esos negritos ya iban como en el kilómetro 30. Ya güey, dice Hugo, te digo que ahí está bien tu coche, que no hay pedo.
Museo de antropología. Atrasito de él está el arco que todos los corredores abran de cruzar al arranque de la carrera. Hay muchísima gente. Primero me clavo en ver a las chicas, con esas licras tan entalladas y flexibles que delinean gluteos, muslos, piernas y una que otra entrepierna. Me distrae un tipo altísimo como de dos metros. Luego toda una camada de ancianos con sus playeritas y su número de corredor en ellas, sus miles de canas en la cabeza, y arrugas. A Hugo ya le dieron ganas de miar. Sugiero un árbol, pero ya es tarde. Una voz retumba en la calle, rodeada de árboles (la calle, y supongo que también la voz). No recuerdo literalmente las palabras, pero decía algo así como que órenle, ya váyanse acomodando, por categorías, los chingones van primero, y entre más lentos se me ponen más atrás, órenle que ya vamos a arrancar. Luego decía cosas como viva la vida, o viva este estilo de vida, y que la juventud mexicana, y que la vida sana, y que adiós a los vicios, y que vino el mariachi a apoyarnos, y que cuidado con el globo gigante de telcel porque de ahí se dará el cañonazo, y que ya apúrensen re jijos, y que qué buenos patrocinadores tenemos, bla bla bla. El Hugo me da su sudadera, su mochilita, se pone vaselina en las chichis porque dice que después de un ratote le roza “bien culero”. Se pone en donde debe ir, o sea, no está entre los chingones, pero tampoco entre los lentisísimos.
La voz no para de chillar, que a la cuenta de 10, que órenle otra vez, listos, y 10, y 9, y los corredores alzan los brazos, y 8, y 7, y se sienten los aplausos, se dejan venir los gritos, y 6, y 5, y ay cabrón ya hasta yo me pongo nervioso, y 4 y 3, y le grito al Hugo, vamos amigo, tu puedes, y lo mismo gritan cientos de personas que estamos a los lados de los corredores, y 2, y 1, y puuuuungue-su-madre!, pinche cañonazo que hasta me asustó, y los corredores siguen gritando pero no avanzan. Y cómo van a avanzar si son un montón. Mientras los de hasta adelante van agarrando ritmo, a mi todavía me da tiempo de decirle al Hugo que en la meta lo espero, que ánimo, y ya se aceleran los corredores, y veo a mi amigo alejarse entres miles y miles de personas.
Así nomás, en cuestión de un minuto ya no había nadie más que nosotros los holgazanes que no corremos y nomás vamos a ver “qué pedo”. Lo que sigue es totalmente intrascendente: caminar hacia el metro, toparme con varios corredores que llegaron tarde, que vienen nerviosos diciendo “ya vez pendejo, ya empezó”, y “yo te dije que había que salir más temprano” y bla bla. Calorón en el metro casi vacío. Cambiar de trenes. Llegar a la estación Allende, acometer en ese irónico acto que uno llama “bajarse del metro” cuando en realidad lo que haces es subir como 100 metros hasta que por fin la nariz recibe una dosis de aire fresco.
Para hacer tiempo decido visitar el museo del Estanquillo. Está cerrado, lo abren hasta las diez y faltan como 15 minutos. Buscar café. Encontrar un seven ileven sobre la calle Madero, comprarme el capuchino más asqueroso que he bebido en mi vida, y acompañarlo con una dona que no tiene hoyo, que está semi tiesa. Sentarme en la banqueta y observar a la gente que camina hacia el zócalo.
Por fin son las diez. Tiro el café a la basura, la neta. Entro al museo y me quedo más o menos una hora. Mientras leía una historieta del Rius, suena mi teléfono. Era Hugo, ¿Qué pedo güey, a poco ya acabaste? No, me dice, es que ya me está dando pa abajo, ya mero me rajo, necesito ánimos, y yo que le digo No no no cabrón, usté sígale, donde andas, No que pues me faltan seis kilómetros, Ahistá, ya no es nada, acuérdate que los que nunca se rinden son los hombres imprescindibles, y Gracias amigo, ahí te veo en la meta, Si si, no se agüite, usté puede, cómo chingados no. Y así.
Salgo del museo y me voy pa la calle donde pasarán los corredores rumbo al zócalo. No manches, hay miles de personas rodeándola. Hay vallas pa que la gente no se ande cruzando. Por la calle, también miles de corredores recorren sus últimos cien metros para alcanzar la meta. Todos aplauden, que Vamos, ustedes pueden, eso es, y arriba México. Pasa uno en silla de ruedas y los gritos de la gente son ensordecedores, luego unos putitos con orejas de conejo y delantal rosa, y una señora que parece de las que venden tortillas, con sus trenzas hasta la cintura, gordita, morena y chaparra, corre y corre, y el hippie, y el empresario, y el morrito fresa, y los naquitos, todos con su número, con las playeras empapadas. Un güey hasta va cargando un santito. Pasan dos disfrazados de payasos. Y el Hugo no aparece. Le mando mensajito, Ánimo carnal, tienes que cruzar esa meta corriendo. Por fin ahí viene, y cruza la meta y lucho para que mi mirada se tope con la de él, y lo consigo, y me mira y se alegra y cuando se acerca le doy unas palmadas en el hombro, muy bien cuate, así se hace, y el Hugo ni hablar puede. Y creo que es la misma voz chillona en las bocinas que va diciendo felicidades a todos los corredores, que muy buen esfuerzo, que qué gran ejemplo, y escuchen al mariachi, y que viva la vida, y que viva éste estilo de vida. Cuando Hugo recupera el aliento me dice que no manches, vámonos porque me van a dar los calambres. Nos subimos (aunque en realidad bajamos) al metro. Calor. Transbordar trenes. Subir a la calle. Caminar hasta mi carro. ¿Ya ves güey? Me dice el Hugo, Ahí está tu coche, no le pasó nada.

Hasta la madre

Desde hace mucho tiempo he llegado a la conclusión de que el desarrollo de una ciudad puede ser perfectamente medido a través de su sistema de transporte. Por ejemplo, la primera vez que utilice el metro de París aprendí lo útil que pueden ser los mapas de líneas y rutas. Cuando me paré frente al gran mapa colgado en la pared, me tomó como cinco minutos encontrar en él la estación en la cuál me encontraba. Me tomó otros cinco minutos encontrar la estación a la cual tenía que llegar. Me llevó otros diez minutos entender en qué estación habría de bajarme para interconectarme con otra línea. Comprendí la diferencia entre el METRO y el RER, que uno es más rápido que el otro, etc. En total estuve ahí casi treinta minutos, pero le entendí finalmente y nunca más tuve problemas para moverme por París a través de su sistema de transporte público.
Pienso en eso no sólo cada vez que me encuentro en la situación de utilizar el transporte público de la ciudad de Toluca, sino también cuando conduzco mi automóvil por las calles de la capital mexiquense. Ayer nada más, sobre la avenida Morelos, me topé con un enorme congestionamiento, y no precisamente de vehículos particulares, sino de autobuses. Había cientos. No exagero al decir que eran VARIOS CIENTOS de ellos, formaditos en fila india, haciendo uso del increíblemente ridículo carril exclusivo para ello, separado por conitos naranjas del resto de los carriles. Huelga decir que la gran mayoría de los camiones iban casi vacíos.
Estoy convencido que la gran mayoría de los lectores sabrá a qué me refiero cuando al subirse al autobús, primero tienen que hacer gala de la mayor agilidad posible para montarse en la fracción de milisegundos que el camionero se frena para ese fin. Luego, contar bien que nos hayan dado el vuelto correcto. Hay que soplarse las cumbias, o música banda, o lo que sea, a todo volumen. Si te toca hasta adelante, tendrás que escuchar irremediablemente la conversación del chofer con su acompañante, ese extraño personaje que va siempre de copiloto, que se cuelga de la puerta y saca medio cuerpo para gritar los lugares a donde el camión se dirige, el que le dice “cuñado” al conductor.
En innumerables ocasiones me ha tocado ver cómo la gente se cae del autobús y desparrama sus carnes en la acera al momento de bajarse del mismo, pues simplemente el chofer no da tiempo suficiente para que todos se bajen del vehículo mientras este está completamente frenado.
Otro de los grandes logros del viajero toluqueño es desarrollar la habilidad e leer en micromilésimas de segundos la lista de 10 a 15 destinos que cada camión lleva colgados del parabrisas. Si no te da tiempo de leer todo, y no viste que el camión que acaba de pasar volando frente a ti iba precisamente cerca de tu casa, estás jodido.
Además, me atrevo a decir que todos los ciudadanos hemos sido testigos de las veces que un autobús se pasa el alto, o rebasa a todos los demás coches en sentido contrario, y que suben y bajan pasaje en segunda y hasta tercera fila. Es más, casi todos nos hemos tenido que bajar en el segundo carril, a dos metros de la acera.
Llevo años viviendo en Toluca y no termino de comprender en qué consiste el sistema de transporte. Sigo sin saber quién es el genio detrás de tan elaborado diseño. Me pregunto quién habrá firmado tantas concesiones, y otorgado tantas placas para que circule ese monstruoso número de camiones que contaminan tanto, que hacen un ruido infernal, que además están feos por dentro y por fuera, que atiborran calles y avenidas con sus asientos vacíos, cumbias estrepitosas y virgencitas de Guadalupe perdonando a los choferes por todos los pecados cometidos durante el día y todos aquéllos por cometer mañana y la siguiente semana.
París me tomó treinta minutos, pero llevo años queriendo entender cómo es posible que un niño que apenas alcanza los pedales se encuentre frente al volante de un autobús en la ciudad de Toluca. Un niño que debería estar en la prepa, jugando futbol y ligándose -¿por qué no?- a una que otra compañerita. No entiendo por qué hay tanto autobús involucrado en atropellamientos, choques, roces y fricciones con transeúntes y automovilistas. Estoy convencido de que si en lugar de choferes contratáramos simios, las condiciones del transporte público mejorarían drásticamente.
A veces, los logros que la gente y gobierno de una ciudad alcanzan en determinadas áreas, se ve opacados por la paupérrima naturaleza de otros aspectos. Por mucha industria, banquetas remozadas, museos gigantes y tranvías turísticos que pretendan engalanar a la ciudad, no se logrará nunca un cambio sustancial mientras el sistema de transporte siga siendo una porquería. No me parece digno, ni eficiente, ni loable, ni nada que se pueda considerar como positivo, el penetrar en el inframundo de los autobuses, en ese zoológico sobre ruedas, anárquico y bestial, que ya ni siquiera es folklórico, o pintoresco.
Me gustaría poder colaborar de alguna forma. Me gustaría saber si alguien en esta ciudad está en acuerdo o desacuerdo conmigo. Yo estoy cansado de vivir así. Me daría horror que mis hijos me preguntaran: ¿por qué hemos heredado esta basura de ustedes, papá? Con todo gusto me encantaría aportar alguna idea. Sé que Toluca no es París, y francamente, no pretendo que lo sea. El asunto aquí es que estoy convencido de que una convivencia más sana puede darse, la he visto en otros sitios –tanto fuera como dentro de México-, y no me explico cómo diablos en Toluca no se pueda hacer, ni que estuviéramos malditos, o idiotas. Hagamos algo todos juntos para mejorar el transporte, para así sentirnos un poco más seguros y orgullosos de nuestra ciudad. Recordemos que las ciudades no se crean por generación espontánea; son hechas con el esfuerzo de cada uno de los ciudadanos que en ella cohabitan. Sólo teniendo dignidad lograremos que nuestra ciudad también lo sea.

martes, junio 17, 2008

sn i

qué es todo esto
si no un estorbo
un murmullo que distrae
una ráfaga de palabras no encontradas
que se incrustan en los ojos

lunes, junio 16, 2008

...breve apunte...

Cómo se reirán los hombres de aquí a mil años
Hombre perro que aúllas a tu propia noche
Delincuente de tu alma
El hombre de mañana se burlará de ti
Y de tus gritos petrificados goteando estalactitas
¿Quién eres tú, habitante de este diminuto cadáver estelar?
¿Qué son tus náuseas de infinito y tu ambición de eternidad?

Vicente Huidobro
Altazor
Canto I

lunes, junio 09, 2008

...por si alguien se pregunta qué he estado haciendo ultimamente...

Me siento en una banca verde a comerme una manzana. Procuro únicamente pensar que estoy sentado en una banca verde y me estoy comiendo una manzana.

domingo, abril 20, 2008

Objetos Fantasma



Ayer miré a través de la vitrina de un museo una antigua vasija de cerámica, blanca, decorada con líneas negras que seguramente describían ciertos aspectos de la cosmogonía de una civilización lejana en el tiempo. Al tratar de hilar pensamientos que le dieran sentido a mi presencia en ese sitio, se me ocurrió imaginar qué uso se le pudo dar a ese objeto hace cientos o miles de años.
Dibujé en mi cabeza a una mujer preparando un brebaje, quizá algo parecido al atole. Aparecieron en mi dibujo un par de niños sentados en el piso, mirando con detenimiento a su madre, esperando aquel líquido que les restablecerá la fuerza o el espíritu. Luego esta imagen se fue para dar paso a la de algún curandero mezclando hierbas y sustancias, que vertería después en esa misma vasija blanca, la que a su vez sería acercada a los labios de un anciano moribundo, una febril parturienta o un guerrero herido. No puedo imaginar las circunstancias posteriores, aquellas que generaron la desaparición de esa gente, su estirpe y la gran mayoría de sus historias. Pero alguien se topó con esa vasija blanca, cientos o miles de años después. La limpió, catalogó y probablemente la donó a un grupo de antropólogos, o a una sociedad cultural que decidió ponerla dentro de la vitrina que ayer miré por vez primera.
Muchísima gente ha posado su mirada en esa vasija y probablemente ni siquiera se acuerdan. Quizás al mirarla, muchos turistas incrédulos no pensaron en nada. No me puedo imaginar a nadie fotografiando la vasija. Ese objeto en un museo es una pesada condena a dejar el pasado en la ignominia, allá lejos del presente, de nuestro tiempo y nuestra vida cotidiana. Un objeto sin vínculo directo con la actividad humana es un poco más inútil que una roca en medio de la nada. O al menos eso pensé ayer.
Imaginé que en algunos años moriré. Alguien entrará después a mi departamento y regalará mis libros a una biblioteca, rematará mis muebles, tirará muchos papeles, cuadernos y dibujos a la basura. De mí no quedará nada. Pensé que tal vez en mil años alguien se encontrará mi guitarra en algún lugar. La limpiará y la donará a una asociación antropológica. No será raro que la cuelguen de un muro, dentro de una vitrina, y a un lado le coloquen una tarjetita que diga: "Guitarra: instrumento musical perteneciente a la era cyberoica, con la que los antiguos acostumbraban interpretar música de la época." Mucha gente la verá, y seguramente muy, pero muy pocos, pensarán algo ligeramente inteligible con respecto al objeto. Si nos va bien, alguien le tomará una foto y la pondrá en su archivo de estupideces para no olvidar. De lo que sí estoy seguro es que nadie pensará en mí, ni se imaginará que con esa guitarra me gané el amor de más de una chica; el odio de más de cien; que compuse decenas de canciones, que lloré abrazado a ella, que sus raspones y golpes son los traspiés a los que la sometí durante mi paso por el mundo. Al final pensé que no tiene sentido reflexionar sobre todo esto. Los objetos nos trascienden y hablarán en general de cómo fue nuestra civilización, pero no dirán nada sobre los fantasmas que nos tuvieron de pie durante tantos años.

lunes, febrero 04, 2008

Seat Belt

Saludos a todos. Aquí les comparto un video que alguien que se hace llamar "putitopower" subió a youtube. Se trata de una canción de mi banda, Camino Beat, durante una presentación en el chilango hace unas semanas. La rola es Seat Belt, a ver qué les parece.

sábado, enero 26, 2008

Downshifting / Desacelere



PARTE I: Ganar más para gastar más para vivir peor


Un joven recién egresado de cualquier facultad se enfrasca en la búsqueda de su primer empleo. Dadas las condiciones socioeconómicas que México ofrece, el joven en cuestión le asigna al aspecto económico la más alta prioridad. Algunos otros buscan en verdad realizar una actividad que les satisfaga, o quieren trabajar en una empresa o institución que se rija por valores y fines que ellos han asumido como propios para sus vidas. Pero, afrontémoslo: estos últimos son los que menos existen. La gran mayoría, como ya he establecido, sólo piensa en el estatus que pueden obtener gracias a un buen ingreso.
Nuestro joven consigue finalmente un empleo que le da miles y miles de pesos al mes. Con ese dinero quizá podrían vivir de forma apretada unas tres o cuatro familias pobres. El nuevo profesionista se encierra en las paredes de su oficina más de diez horas al día (o más de doce, o más de catorce). Al cabo de unos meses, acostumbrado ya a la vida que puede regalarse con semejante nivel de ingresos, el flamante profesionista hace una lista mental acerca de los objetos que requiere para poder vivir bien. En dicha lista aparece un automóvil último modelo, el teléfono celular más caro y sofisticado, computadora, el ipod con el mayor número posible de gigas de memoria. Tras hacer algunos cálculos, el profesionista encuentra que su sueldo actual no le alcanza para todo eso. Entonces, será preciso trabajar más para recibir más dinero, o buscar otro trabajo que le asegure un ingreso mucho mayor que el anterior.
La cantidad de trabajo generalmente no importa. El novel profesionista, en la flor de su juventud, en sus años de mayor energía, frescura creativa, salud física y mental, prefiere incluso trabajar los sábados y los domingos. Sacrifica salidas con los amigos y reuniones familiares. Así se asegura la entrada de dinero, el aumento del poder adquisitivo. La vida supeditada al trabajo. Leer libros que lo hagan pensar está totalmente fuera de la cuestión. De igual forma, el cine y la música deben ser lo suficientemente ligeros para no agobiar más la ya de por sí saturada cabeza de éste héroe cotidiano.
El cuerpo cambia conforme pasan los años. Las carnes se ablandan, el vientre crece y los cabellos se caen. Se requieren dosis más altas de nicotina para resistir los desvelos; alimentos ricos en azúcares y grasas para que el ritmo de trabajo no merme la concentración. A los compromisos previamente adquiridos habrá que añadir el matrimonio y la casi inmediata llegada de los niños. Así que es necesario tener una casa más grande, otro automóvil, más muebles y gastos de hospital. La ropita dura poco porque los hijos van creciendo.
Aquél profesionista dejó de ser joven. Ya es un hombre, adulto y conocedor de sus deberes. Se siente realizado, orgulloso. Al menos eso aparenta su traje, su corbata y su –otra vez- nuevo coche. Cree que lo tiene todo, pero quiere más. Las jornadas laborales no se han reducido ni un ápice. La perenne preocupación por el dinero lo lleva a sufrir de gastritis y una que otra arritmia. Hay que ganar más dinero para pagar el club, las toneladas de juguetes para los niños, las semanales compras en todos los almacenes de prestigio que le sea posible. No hay que perderse ni un partido de fútbol, y mucho menos hay que dejar ir la oferta para comprar esa macro pantalla de plasma de setenta mil pesos que se puede pagar a 18 meses sin intereses. Hay que viajar a Paris para tomarle fotos a Eiffel, a Londres para fotografiar los leones de Trafalgar y a Nueva York para salir de las tiendas con un montón de bolsas.
Este hombre ha vivido con la ilusión de una mejor vida, una vida que se compra y nada más. Una vida que se gana trabajando, generando dinero para enriquecer quién sabe a quién; una vida tranquila, digna y afortunada que, sin estar consciente de ello, ha contribuido de manera incontenible al consumismo, al aumento en los niveles de contaminación, al empobrecimiento del capital intelectual humano, al aumento de la brecha entre los ricos y los pobres.
Cabe señalar que este es un buen hombre, que todo lo que ha hecho ha sido siempre con la mejor de las intenciones. Todo lo que hace el ser humano es siempre bajo la creencia de que se hace un favor a si mismo y al resto de la humanidad.

PARTE II: Ganar menos para gastar menos para vivir mejor

Sin darnos cuenta nos vemos envueltos en un marasmo de compromisos ineludibles. Pertenecer al mundo moderno implica sacrificar valioso tiempo, jugosas distracciones. Hay que trabajar duro para pagar las placas y tenencias, servicios, verificación, seguro y gasolina, aditivos, refacciones. Hay que comprar zapatitos y playeras, bolsos, seguritos, listones para el pelo, un nuevo traje de baño para la playa, bronceador y dos maletas.
Además, la sociedad se colude con el merchandising para que en navidad vayamos en tropel a vaciar las tiendas y comprar regalitos tontos que a nadie le sirven pero que a todos ponen de buenas. Todos sin excepción somos víctimas y cómplices.
¿Qué pasaría si decidiéramos, simplemente, trabajar menos? Trabajo menos horas, ergo recibo menos dinero, ergo gasto menos, ergo contribuyo menos al consumismo. ¿Quebrarían los negocios si todo el mundo decidiera no gastar tanto tiempo encerrado en su oficina? No creo. Más bien, los giros cambiarían.
Un joven profesionista que decida trabajar menos, podría ganar –por poner un ejemplo- dos horas diarias de tiempo libre. ¡Lo que se puede hacer con dos horas diarias de tiempo libre! Se puede leer un buen librito en dos horas, o hacer el amor con más calma y pasión, o sacar a los hijos al parque para aprovechar los restos de la luz del sol, o llevar a los viejos a cenar, estudiar otro idioma, retomar las lecciones de piano, escribir, ir al teatro, ¡sentarse a platicar!
¿En qué momento se volvió prioritario un ascenso de puesto, un coche último modelo o una peda en el antro de moda? ¿Cuándo fue que el crecer como persona se mide en pesos y en cantidad de libros de superación personal leídos? ¿Por qué son precisamente éstos últimos los que más leen los jóvenes (y no tan jóvenes) profesionistas? Precisamente porque necesitan de una receta que les haga sentir menos egoístas, algo que justifique el no estar en casa, el no acudir a la vida de los demás, el no pertenecer ni siquiera a ellos mismos. Palmaditas en el hombro y ya.
Todo esto que vengo diciendo, ésta reflexión que a más de uno puede sonarle a rollo post-new age o una jalada de esas, no es algo que solamente se me haya ocurrido a mi. De hecho, la tendencia de trabajar menos para procurar un mejor nivel de vida ha ido tomando fuerza en los últimos años. Por ejemplo, en el 2001 surgió en Francia una iniciativa de ley que proponía reducir las jornadas laborales, a efecto de trabajar 35 horas a la semana en lugar de 40. ¡Reducir una hora diaria! Tras una larga controversia, la propuesta fue aprobada. En España surge la misma idea tiempo después. En el año 2003 se le da un nombre formal a esta tendencia, conocida como “downshifting”, o en español, “desacelere”. Es una respuesta proactiva en contra del vertiginoso avance de la modernidad, dentro del cual parece que si te frenas te puede destrozar como si te hubiera cogido una máquina rompehielos. Es verdad, si trabajas menos, ganas menos, y compras menos cosas, pero en verdad vives mejor. Tienes más tiempo para ti, de mejor calidad. El estrés se reduce y los sueños se multiplican.
Pero ojo, esto no implica el fomento de la pereza. Ésta es igual o peor de dañina. Se trata de que la gente realice actividades que no la hagan sentir que está trabajando, sino haciendo algo que de una u otra forma es productivo. Leer es productivo, jugar con los hijos, escribir un poema. Tontamente nos hemos tragado el cuento de que sólo lo que te reditúa económicamente puede ser catalogado como productivo. Envidiamos tanto a los europeos por su “cultura”, los admiramos por sus vastos conocimientos en música y artes plásticas. ¿Y nosotros qué? ¿A los mexicanos nos salen ronchas si leemos? ¿Hacer lo que nos alimenta el alma nos hace lo mismo que el agua helada a los perros callejeros?
Hay que trabajar para ganar lo necesario para vivir y ahorrar, y punto. Muchos de nuestros “lujos” son hueros, superfluos; sólo alimentan la ilusión de una vida mejor, pero en realidad no contribuyen en nada a la felicidad.
Si gano más dinero, puedo ir al Costco o al Sam’s Club a comprar un paquetote de cuatro kilos de mis galletas favoritas. Si gano menos, iré a la tiendita a comprar nada más un paquetito. Si gano más, me tragaré los cuatro kilos, aumentará el volumen de mi panza, el colesterol de la sangre, gastaré en medicamentos que regulen la presión arterial, consultas con doctores. Si gano menos, me trago el contenido del paquetito y se acabó.
Si tu, apreciable lector, estas interesado en este asunto del desacelere, te invito a que conozcas la página www.slowmovement.com, para que conozcas más al respecto y te enteres de todas las posibilidades que ofrece.

jueves, enero 03, 2008

Quiero ser feliz


Alguna vez le preguntaron a Lennon que si se consideraba una persona feliz, y respondió que sí. La siguiente pregunta que le hicieron fue: ¿Por qué?, y él dijo que no veía televisión, ni leía los periódicos.
Tomando esta anécdota como arranque (no solo de ésta colaboración, sino de todas mis colaboraciones de este nuevo año), le cuento al querido lector, que la última vez que vi televisión fue el 25 de diciembre. Fue una decepción. Normalmente, por las noches, mientras me preparo un sandwich o algo así para aplacar el hambre, prendo la televisión en alguno de los noticiarios que transmiten después de las 10.
Ese día, casi todo el noticiero del vomitivo López Dóriga se fue en noticias acerca de cómo pasa un policía la noche buena dentro de su patrulla. Luego venía la historia de algún desdichado sin familia, de alguna viejilla abandonada, de cómo se vivió en Villahermosa la navidad después de la tragedia.
Le pasé al noticiario de la competencia y básicamente transmitían el mismo género de estupideces. Apagué la televisión y me dije a mi mismo: “¡No manches, sí que estoy informado!”.
El resto de mis días, hasta hoy, se me fue en escuchar discos de manera masiva, desde el último de Radiohead hasta una colección que le volé a mi papá de música de Benny Moré. Me soplé dos disquitos de Sigur Ros, uno de Daft Punk, y como tres veces uno de éxitos de Morrisey. Esuché hasta que me cansé el disco de Odio Fonky de los queridos Jaime López y José Manuel Aguilera. Esuché a Ely Guerra, el soundtrack de una película de Wong Kar Wai. Fui feliz.
También leí unos textos de Daniel Sada y Álvaro Uribe; devoré Mr. Vértigo de Paul Auster y me enfrasqué en “El sentimiento trágico de la vida” de Miguel de Unamuno. Ahora sigo con Auster y una novelita llamada Ciudad de Cristal. Insisto, soy feliz.
Fui feliz charlando con mis hermanos, bebiendo cerveza con algunos amigos, con mis primos, llendo al teatro y viendo en el cine “Across the Universe”. Fui feliz andando por la carretera escuchando a Dylan y una colección de jazz latino que me regaló una buena amiga. Tragué chocolates y pavo y un spaghetti delicioso.
Aun así, algunas noticias irremediablemente llegaron a mis oídos, como el asesinato de la ex-primer ministro de Pakistán. ¿Debí sentirme mal por ser tan feliz cuando del otro lado del mundo se odian a muerte? ¿Acaso he fallado estos días en mi deber para con la humanidad? No es que ésta cuestión me mortifique demasiado, pero quiero enfatizar sobre el hecho de que cuando uno se aleja de los “medios de comunicación”, a veces se produce un sentimiento de aislamiento inefable. ¿Por qué? Estamos demasiado acostumbrados a “estar informados”, a “estar al día”, aunque no sepamos para qué. ¿Qué significa eso de “estar informado”? ¿Acaso es escuchar al vil López Dóriga en sus diatribas contra cualquier cosa que se le ponga enfrente y que le haga subir el rating de su tercermundista noticiero? ¿Cuántos periódicos tiene uno que leer para no sentir que lo están timando, o manipulando, o perfilando nuestra opinión hacia uno u otro punto del espectro político?
Sin el ánimo de ser radical, creo que prefiero quedarme mil veces con la fórmula de mi admirado Lennon. Si fue verdad que no veía tele ni leía periódicos, entonces creo que es posible cambiar al mundo. Prefiero acercarme a la realidad y no leerla, ni verla asépticamente en una pantalla de televisor. Creo que es más útil saber que alguna vez existió Chabuca Granda, o que una dama de nombre PJ Harvey canta por el mundo con su guitarra al hombro. Aprendo más del planeta a través de la música y el cine, hablando con ancianos y pordioseros, atrapando momentos que hacen sonreír o llorar a los demás. Aprendo más del mundo preguntando a mis amigos cómo marcha todo en el trabajo, cómo van sus planes de comprar casa y de tener hijos. Al diablo con la televisión. Espero no tener que encenderla en mucho tiempo. De verdad que quiero seguir siendo feliz.

De cómo Paul Auster ahuyentó al reggaetón asesino


Estoy en un cuarto de hotel. La vista da a un podrido patio donde se ven botes de pintura, tanques de gas, pedazos de malla ciclónica y demás trebejos. Si la habitación se encontrara del otro lado del hotel, la vista sería totalmente distinta: palmeras exuberantes, el mar pacífico quieto y cálido reflejando el mensaje del sol a todas las pupilas de la costa; cabecitas de seres humanos que flotan en el agua, juegan con las olas, se llenan de arena los calzones.
Siento que estoy condenado a ser el anti-héroe de todas mis historias. Por eso estoy viendo el jodido patio y no la piscina. Por eso estoy escribiendo y no ando trepado en el parachute, y mucho menos en la banana, o poniéndome repedo en la playa como suelen hacer algunos turistas gabachos, o los descolgados chilanguitos con sus hieleras de unicel compradas en algún oxxo.
Es bueno sentarse a escribir mientras el mundo gira. Pero para escribir, antes tuve que bajar a la alberca, bien tempranito, cuando no había nadie que la llenara de babas. Nadé y nadé para percatarme de tres cosas: fui el único desquiciado que a las siete y media de la madrugada se avienta un clavado al agua helada; mi condición física es deplorable y; de todas formas había babas, acopio indefectible del día anterior.
Conforme las horas pasaron y el sol fue desperezándose, salieron de su madriguera los demás inquilinos. Primero los viejitos y uno que otro cincuentón, luego familias con niños chiquitos, y finalmente los adolescentes. ¡A que juventud tan güevona, me cae! Desfilaron pieles de todos los tipos: bien formados cuerpecitos de jóvenes mexicanas, rozagantes, morenazas, bien sanotas. ¡Qué decir de las gringuitas, y alguna que otra argentina!
No faltaron en la colección las clásicas mujeres gordas que con ciertos trajes de baño parecen tener tres pares de senos en lugar de uno.
Por ahí aparecieron mis padres. Mi hermana llevaba rato echada en una tumbona. Cuando llegó mi hermano fuimos a almorzar y después nos tiramos todos en sendos camastros. Tramitamos con un mesero de nombre Jesús una cubetita de cervezas bien frías. Por suerte, era el momento del dos por uno, así que nuestra sed quedó bien saciada.
Leí buen rato un libro de Paul Auster. Tardé en terminarlo porque había muchas interrupciones. Algún genio consideró apropiado ambientar el espacio de la piscina con música punchis punchis a todo volumen. Un morrito de atrás se puso su discman y comenzó a gritar la canción que estaba escuchando. Rato después, un tipo agarró un micrófono (asumo que fue el mismo candidato-a-nobel que puso la música) e invitó a todos los presentes a que se metieran a la alberca, porque iban a empezar los “acuaeróbics”.
Tuve ganas tremendas de levantarme y preguntarle por qué no paraba todo su desmadrito, que uno venía a la playa justo para escaparse del escándalo de las ciudades. Pero lo que Auster me decía era muy interesante, y no quise dejarlo.
El libro habla sobre un escritor de novelas policíacas que se ve inmiscuido en un asunto de lo más extraño, donde lo confunden con un investigador privado, y tiene que evitar un asesinato. La maestría de Auster me llevó a disertaciones sobre el origen del lenguaje, el papel de un narrador para confundirse con la obra y hacer que el lector se olvide de quién fue la persona que escribió todo eso. Fíjese, amado lector, lo grandioso que es Paul Auster, que logró atraparme a pesar de tener detrás de mi un puto reggeaton reventando con sus bocinas mis tímpanos.
Acabé la novela y lo primero que hice fue salir corriendo a escribir estas líneas, a olvidarme del mundo exterior, de mi yo de carne y hueso para existir entre las letras y los signos de puntuación. Estoy en un cuarto de hotel, luchando por ser el anti-héroe de historias que no existen, con un podrido patio de un lado y el infinito océano del otro.

martes, diciembre 04, 2007

Laberinto

ávida tempestad
refugio de un adiós sin digerir
cascada bosque
suave textura de una roca

empujas al viento
con tus caderas ocultas
humeante tu dedo
no me toca

no sé tu nombre:
maga, ilona o yoko
no sé tu voz:
copa de vidrio estrellado,
muerte de una rama
o eco de un disparo
con silenciador

observas ahí
detrás de los confines
me miras sin querer mirarme
yo también te miro
procurando no caer

bebo café
rallo una hoja
pido la cuenta
cojo mi chamarra
y me dispongo
a convertirme
en tu abandono

Aclaraciones

Estimado anónimo uno.

Agradezco tus preocupaciones, que me defiendas, que me llenes de consejos.

Estimado anónimo dos.

Quisiera verte, pero al menos detrás de esta pantalla estás oculto, u oculta. Gracias, me has hecho soñar.

Estimada Taniushka.

Qué gratificante es darse cuenta de que alguien te lee como si te estuviera mirando a los ojos. Así has sido siempre. A ti jamás podría mentirte, ni olvidarte, y mucho menos dejar de quererte.

Estimado David.

No sé por qué escribo. No sé por qué estoy vivo. No sé por qué me llamo así. No sé con certeza qué hora es, o si consejo se escribe con s, o concejo se escribe con c. No sé por qué escribo. Será quizás porque después de todo, tengo fe.

¿Por qué le cambié de nombre a mi blog?

Un cataviento es una especie de veleta o banderita prendida de un asta manual, que sirve para conocer la dirección del viento. Descubrí que este blog es mi cataviento. Creo que es evidente que la palabra dice mucho más que “Crónicas desde la trinchera”.

martes, noviembre 20, 2007

Sheik

suelo húmedo

y tus pasos dejan huella sobre él

perlas blancas
brillo de cosmos
en el hallazgo de tu algo

puntos que en la piel
son coordenadas
caricias de broca
sabor del no te tengo

invento lo que no eres
decodifico hambre
lucho por rasgar el musgo
entre tus dientes y mi carne

Me pones nervioso

lunes, noviembre 12, 2007

Tiempo

Tiempo. De eso quiero hablar, de algo que no existe. No sé si en verdad no existe o prefiero así creerlo porque no lo entiendo. Quiero hablar del tiempo que no se mide en relojes de pulsera, que no tiene aviso en la conciencia de los despertadores, que se muda de piel conforme pasan las aristas de los días dislocando recuerdos de calor o de frío. Puedo tenerlo a la mano, si quiero, si abro bien los ojos, si no pretendo poseerlo. Puedo incluso extenderlo tanto como sea posible, hacer de una noche la equivalencia de un suplicio eterno. Eso si, no puedo perderlo. No se puede perder lo que nunca se ha encontrado, lo que no se tiene, lo que siempre perteneció a si mismo.

No es medicina, no cura nada, no repone las dolencias que un día fueron. Dicen que el tiempo es el mejor amigo del olvido. Pero a éste último no lo conozco, no recuerdo haber olvidado algo. El tiempo es existencia, una mortificación, un silencio incomprensible, estridente, que a veces se aleja de nuestros vicios para regalarnos calma.

El tiempo es el pretexto de las almas débiles, el aliado de los no cobardes, el espacio vital entre dos seres que se aman pero ya no pueden existir. Es la duda de los desesperados, la agonía en la desolación, el pegamento que aglutina nuestros sueños. El tiempo es aquello que basta para que se olviden nuestros nombres. Es el intervalo que dura un rostro en la conciencia. Es risa y parpadeo, canícula y hambre, despertar ansioso, convenio de oquedad entre el frío y el abandono. Es aquello que transcurre mientras uno aguarda.

El tiempo no se queda ni se va, simplemente está, en todas las horas, en todos los resquicios de cualquier ser. A veces uno siente que el tiempo se le acaba, pero eso no es posible; esa sensación de agotamiento es más bien la definición que provoca la angustia de caminar a ciegas en un pasillo donde no se sienten las paredes. Somos nosotros los que nos acabamos, los que transcurrimos, los que nos hemos vuelto medibles a través de manecillas, los que nos perdemos, los que nos quedamos sin palabras para definir al tiempo.

viernes, noviembre 09, 2007

Det är något som inte är som det ska härinne.

Os presento un texto que consiste en mi primer traducción homofónica. Se trata de un poema de Kristina Lugn, poeta sueca. El ejercicio consistió en traducir lo sonidos y he aquí el resultado. Este poema se leyó el 8 de noviembre de 2007, durante la conferencia de la poeta y traductora Jen Hoffer en el ITESM Campus Toluca, en el marco de "La Inquietante (e internacional) Semana de las Mujeres Traducidas".

Det är något som inte är som det ska härinne.
Det är något skräckslaget
som inte kan ta sig ut härifrån.
Det är någonting som har givit vika
under mina fötter.
Det är någonting som har rämnat
över mitt huvud.
Det är någonting som sitter vid min huvudgärd
och hyperventilerar.
Det är någonting härinne
som går mig på nerverna.
Jag tror att det har uppstått ett livshotande
förståndslidande här i huset.
Jag tror att det är smittsamt.
Jag tror att jag måste akta mig
så att jag inte blir farlig.
Det måste finnas en rätsida.
Det måste finnas en nödlösning.
Det måste finnas en jourhavande låssmed.
Det måste finnas en utrymningsplan.
Det måste finnas en katastrofberedskap.

Kristina Lugn


De eterna gozo, interna suma de ocarina
De eterna gota creo que es la gente
Somier te canta según el refrán
Del tango al tingo sombra reivindica
Un término fuerte
Del tango al tingo sobre las ramas
Oh, venid urucú
De eterno goteo son si termino hurgando
Hoy para verte llegar
De ternejo pingo de heroína
Soga mitad enerva
Ya otrora dejara usted el lid flotante
Fertilizante, herí y usé
Y al tronar de termitas
Atorada, más te ata a mi
Se ata, y te vi salir
De un mester fino y retorcido
De un mate final en lo odioso
De más te vi en hoja, banderas, miedo
De muerte, fin nace en otro, ningún plan
De marte finar catástrofe escapa

Ramón Santillana

Kristina Lugn - Foto: Magnus Hallgren

martes, noviembre 06, 2007

Palabras de despedida

el sol se ha ocultado

mi noche es absoluta

tu luz amanece en la aurora

de otro mundo en donde yo no existo


El enano platicón

Muy a menudo me topo en mi camino con un enano. Cuando conduzco por las Torres, casi llegando a Carranza, puedo divisar la silueta extraña de este individuo, sentado sobre un tabique que a su vez está sobre la banqueta. Tiene una cabeza gigante, el tórax cuadrado y unas piernitas. Es moreno, siempre trae puesta una gorra beisbolera, y por debajo de ésta se le asoman unos cabellos negros, cenizos y mugrientos.
Al principio solía acercarse al auto, extender la mano y esperar a que yo depositara sobre ella alguna moneda. A veces no le daba yo nada y se iba como si no pasara nada. Siempre está sonriendo. Su voz es similar a la de un gangoso, pero a este enano si que se le entiende bien.
En la misma esquina está su papá, un tipo flaco, sesentón, que vende trocitos de caña de azúcar con chile. El enano dice que gana más limosneando de lo que su jefe saca con sus cañas. No lo dudo.
Con él he tenido conversaciones que duran semanas enteras, y no porque sea muy intensa o interesante, sino porque sólo logramos articular frases que duran lo que tarda el semáforo en ponerse en verde. Llegué una vez al cruce, el enano se me acercó, me saludó con un gesto de la cabeza, moviéndola para atrás. Bajé el cristal y me preguntó: “¿Qué pasó con eso?” Se puso el verde y me tuve que arrancar.
A la siguiente vez que pasé por ahí: se me acerca, me saluda con la cabeza, bajo el cristal y ahora yo le digo: “¿Qué pasó con eso de qué?”, y se pone en verde y me tengo que arrancar porque el idiota de atrás ya está pegado al claxon.
Tiempo después sucede la misma escena, pero ahora él me responde: “Pues con eso que te pedí”. Dos días mas tarde le digo: “Pero si no me has pedido nada”. Al día siguiente, por la mañana, me dice: “¡Cómo no!, si eras tú”. “¿Yo qué güey?” Alcanzo a decirle.
Por la tarde, cuando paso de nuevo me dice “Pues eso que te encargué”, y mientras cambio de neutral a primera le respondo “¿Pero de qué me estás hablando carnal?”.
Al final de la semana me enteré de que se confundió, que no era yo, que era otro baboso con una jeta idéntica a la mía. Eso no impidió que a la siguiente vez, mi amigo el enano ya estuviera preparado. Cuando vio que mi auto se acercaba, conmigo adentro, de inmediato se levantó de su ladrillo, calculó el punto donde yo habría de frenarme y ahí se quedó paradito. Cuando llegué, bajé el cristal, lo saludé, y al mismo tiempo que él hacía la cabeza para atrás, como diciendo “Quiubo”, estiró la mano y me entregó algo. Se trataba del recorte de un teléfono celular, marca movistar, enmicado. “Eso es lo que quiero que me des”, dijo con una sonrisa que le proporciona su gigante boca. Miré el enmicado y no supe qué responder. Me tuve que arrancar.
A la siguiente vez que pasé le pregunté: “¿Y yo por qué te tengo que comprar uno de estos?”. El enano se llevó las manos a la gorra, sonrió chiveado, y me dijo “¿Pues por qué no?, y yo, “Pues qué te debo o qué”, y se puso el verde.
Luego vinieron los huracanes, y con ellos las lluvias y el mal tiempo. Supongo que el enano se sintió damnificado, puesto que su lugar de trabajo se vio afectado por las inclemencias climatológicas y no apareció en un par de semanas.
Cuando se fue la lluvia y volvió a aparecer el sol, así como los conejos salen de sus madrigueras, o los geranios retoñan, o las señoras popis se juntan a desayunar, apareció el enano en su esquina, sentado en el ladrillo. Cuando me acerqué en mi coche y lo vi desde lejos, pensé para mis adentros: “¡Ya valió madre, me va a preguntar que qué pasó con su movistar!”. Sin embargo, coincidió que el semáforo todo el tiempo estuvo en verde, así que no había necesidad de detenerme, y pues que me hago pero bien pendejo y que me paso sin siquiera saludarlo.
Al día siguiente me tocó en rojo, y el enano ahí estaba, al lado de mi carro, haciéndome “Quiubo” con la cabeza. Qué remedio. Bajé el vidrio, lo saludé, y me contestó: “Estás invitado el 4 de octubre”. Al día siguiente supe que ese día es su santo, y que habría fiesta en un pueblo llamado “Tixca”. Esa misma tarde me enteré de que Tixca queda por… ya se me olvidó.
Ahora, me urge encontrar cualquier pretexto para pasar por la esquina de las Torres y Carranza, para saber cómo llegar a Tixca, seguro habrá mole con pollo y arroz, y quizás tenga que aparecerme con un “brand new” movistar para el enano, para que a la próxima mejor me llame y en 5 minutos resolvamos lo que en casi un mes no conseguimos.